jueves, 15 de septiembre de 2011

I'm back (again)!

29 de abril. Sí, lo sé, hace casi 5 meses que no actualizo el blog. Torturadme, si queréis. Enviadme una horda de zombies o de polillas. O mejor aún, enviadme a Bear Grylls con un gusano en la mano gritando: "¡Sabe a pus, sabe a pus!". Es lo que me merezco por haber dejado esto abandonado durante tanto tiempo.

Sé que es duro ir al baño y no tener ninguna entrada nueva de La Loca de Singapur para leer. Pero mira, siempre quedaran otras cosas para distraerse: ver caras en las baldosas del suelo, leer las etiquetas de los champús o de los prospectos de los medicamentos que guardáis en los cajones. Esto último es efectivo, ya que leer los efectos secundarios acojona bastante.

Bueno, total, a lo que iba, que me empiezo a ir por las ramas y al final acabaré publicando 5 entradas el mismo día hablando de mis idas de olla, que me conozco.

Si no he escrito durante estos meses ha sido porque empecé con algo que me ha tenido bastante entretenida, y con la cabeza en otro sitio. Es más, ni siquiera estaba inspirada para pegarme una sesión de fotos como las que hacía antes.

De hecho, este próximo lunes día 19 empiezo el Ciclo Formativo de Gráfica Publicitaria que tantas ganas tengo de hacer, del cual ya hablé aquí, así que estaré más ocupada aún. De todas formas intentaré encontrar huequecillos para ir actualizando el blog, ahora que he vuelto a empezar. No quiero que tengáis que conformaros con leer los prospectos de los medicamentos, y mucho menos que me enviéis al flipao de Bear Grylls

Como he dicho anteriormente, este verano ha sido entretenido y bastante movidito. De hecho, hacía tiempo que no pasaba un verano tan genial como este, sobretodo por las mini-vacaciones improvisadas de las que acabo de volver. Así que, aprovechando que aún lo tengo fresco, en la próxima entrada escribiré la reseña de este viajecito, documentándola con algunas de las fotos que hice.

Sí, será como una de esas situaciones en las que el típico amigo o compañero de trabajo plasta te engancha y te explica detalladamente todo el viaje, restregándote por la cara los sitios por los que ha pasado, los lugares en los que ha estado, los pedazo hoteles en los que se ha alojado, los almuerzos/cenas que se ha pegado y las borracheras que ha pillado, haciéndote tragar, como no, las 486312 fotos que ha hecho. Y mientras, tú, aguantando todo el chaparrón con tu mejor sonrisa Profident.

Pues aquí es exactamente igual, yo soy la colega plasta y vosotros sois esos seres indefensos a los que voy a hacer perder media hora de vuestras vidas escuchándome hablar de mis maravillosas vacaciones. La diferencia es que, en este caso, podéis huir de la tortura antes de que sea demasiado tarde, es lo que tiene el mundo 2.0.

Así que, ya sabéis, quedaos o huid. Aún estáis a tiempo.

Y bienvenidos de nuevo :-)

viernes, 29 de abril de 2011

Perdonad, pero alguien tenía que decirlo (I)

Vamos a ver, que me importa una puñetera mierda la boda real, los novios, los vestidos horteras, las pamelas inmensas, los invitados pijos y el caviar israelí del pica-pica.

Dejad de restregarnos por la cara la de pasta que se han gastado y hablad de otra cosa ya, cansinos.

Perdonad, pero alguien tenía que decirlo.

domingo, 27 de marzo de 2011

Carta a una polilla

Querida Larva de Polilla que se ha instalado en mi habitación:

No sé desde cuando llevas pegada a la pared, pero quería decirte que no te preocupes, que no tengo pensado hacerte daño mientras dure la metamorfosis. Ya es suficiente putada tener que arrastrarse enfundada en esta pelusa de ombligo. Tú haz, haz, sin prisa.

Sólo te pido una cosa. Cuando te hagas mayor y te conviertas en ese puto bicho con alas feo, repugnante y repulsivo, te agradecería que siguieras las siguientes normas de convivencia:

1. Los armarios de la cocina no son un buffet libre.

No, no me mires así. Ya sé que está lleno de comida y bebidas, pero eso no quiere decir que sea para ti y mucho menos que tengas derecho a restregar tus asquerosas alas peludas por todos los rincones. Que da mucho asco abrir la puerta del armario y encontrarse, no una, sino tres o cuatro compañeras tuyas revoloteando por ahí dentro. A vosotras quizá os parece un buen lugar para jugar al escondite. Lo entiendo, es un lugar oscuro lleno de cajas y rincones recónditos.
Uhhh, mira, qué divertido, jujuju, jajaja, ¡seguro que dentro del bote de Nesquik no me encuentran!
Pues que sepas que al menos una cincuentena de compañeras tuyas que entraron en este armario el verano pasado no volvieron a salir.

[Modo sádico ON]

Sí, no te imaginas la ilusión que me hacía abrir la puertecita y descubrir que cada vez había más y más polillas pegadas en la trampa adhesiva. No te imaginas el morbo que daba verlas agonizar y como me miraban suplicando que las ayudara, mientras yo las contemplaba comiendo galletitas saladas. Momentos como ese me hacían sentir como un Dexter en potencia

[Modo sádico OFF]

Evidentemente, también tienes prohibido acercarte a mis galletas, donuts, pastas y otras guarradas. Las tengo en un armario aparte, el escondite, como le llamo yo. Allí es donde guardo todas las golosinas dignas de comentarios del tipo: "Te popndrás como una vaca" o, dicho más sutilmente, "Muuuuuuuuuuu".

2. Nada de jugar a Susto o Muerte dentro de los paquetes de crispis.

También debe ser de lo más divertido criar como conejos dentro de los paquetes de crispis. Y sí, seguramente existen seres peculiares como Bear Grylls o Frank de la Jungla que saltarían de alegría pensando: "Mmmm ... ¡Proteínas!", pero el resto de mortales no nos hace puta gracia.

Que más de una vez he estado al borde de un ataque cardíaco cuando, al abrir el paquete casi nuevo y cerrado con una pinza, ha salido una polilla disparada al grito de "¡Freedooooom!". Entonces he acabado tirando todos los crispis en el suelo y me he ido cagando leches lo más lejos posible. Pero por si esto fuera poco humillante, siempre hay alguien que me ve correr por el pasillo con cara de camión y me pregunta:
¿Qué leches te pasa?
Y yo, para no quedar mal, siempre exagero un poco la situación:
¡Una polilla así de grande (indicando un tamaño de unos 7 cm con los dedos índice y pulgar) me ha atacado cuando me iba a hacer un bol de crispis con leche! ¡Un poco más y me entra por la boca, la muy guarra!

3. Mi taza de café con leche no es una piscina.

No me gusta nada levantarme por la mañana con cara de zombie y encontrarme con una de vosotras nadando felizmente dentro de mi taza de café con leche. Que, perdonad que os diga pero... Si no sabéis nadar, ¿qué leches (y nunca mejor dicho) hacéis ahí dentro? Lo hacéis sólo por joder, ¿no? Tenéis polillas kamikaze entrenadas exclusivamente para boicotearme el desayuno, ¿verdad?

4. El primo de Zumosol es bienvenido siempre y cuando esté dispuesto a hacerme de modelo para una sesión de necrofotografía.

Si, hombre, todas las polillitas pequeñas tiene un primo de Zumosol, aquel que se pasa todo el año comiendo como un cerdo, y cuando llega el verano, va de visita a la casa del pueblo.

Que yo estoy tan tranquila en mi casa y de golpe veo algo raro por el rabillo del ojo. Miro hacia arriba y veo una inmensa polilla negra de 5 cm de ancho por 7 de largo, allí, pegada a la pared. Me acojono y pego un salto del sofá como si hubiera visto un zombie hambriento viniendo hacia mí.

La gente normal cogería el periódico y PLAF. Pero yo, desde que tengo el objetivo macro, me interesa hacer fotos de bichos varios. Pero, ¿qué pasa? Que no paran de moverse y esto, junto con mi pulso de mierda, la foto no puede quedar bien de ninguna manera. Y como las polillas no entendéis nuestro idioma, no puedo deciros:
Oye, ¡haz el favor de estarte quieta! ¡Y sonríe, hostia, que esto no es un funeral! Va, que si te portas bien te etiquetaré en el Facebook. Venga, di: ¡naftaliiiiiiina!
Así que al final he llegado a la conclusión de que para poder hacer una foto en condiciones a una polilla, debe estar... ejem... cómo decirlo de una manera que no te ofenda... mmmm.... muerta. Pero no te preocupes, siempre procuro hacerlo de la mejor manera posible y sin que sufran.

[Modo Sádico: ON]

Primero las rocío con medio bote de Bloom. Cuando empiezan a volar como si se hubieran pasado toda la noche de botellón y finalmente caen al suelo, las recojo y las dejo agonizando dentro de un bote. Al día siguiente las clavo en una aguja y... que empiece el espectáculo.

[Modo Sádico: OFF]



Ahora que, bien pensado, no sé por qué te escribo estas líneas. Las polillas sois unos bichos feos, estúpidos e insignificantes y, además, no sabéis leer. Sólo sabéis incordiar y dar por saco.

Así que he pensado que como tú seguirás haciendo lo que te dé la gana, yo también.

PD: Por cierto, si ahora ves venir alguien con un periódico en la mano no te asustes.

Con cariño,

Anna

domingo, 13 de marzo de 2011

Partes Singapurenses

13:00h. -> El portátil ha pasado del modo Pues-ahora-me-enfado-y-no-respiro a No-he-funcionado-mejor-en-toda-mi-vida en menos de 24 horas. Como una cabra.

13:10h. -> Creo que necesita cariño. Empezaré por ponerle un nombre, o algo.

16:00h. -> Definitivamente, Toshi* tiene problemas de convivencia. Cuando está solo en la habitación va de maravilla. Cuando lo llevo al comedor con toda la família, peta.

16:15h. -> Necesito un Encantador de Perros, pero que en vez de perros, adiestre portátiles. Socorro.

18:00h. ->

Señor Windows,

Cuando te haga falta una actualización de uno de tus drivers, dilo claro. Prefiero leer un "No pararé de dar por saco hasta que no instales la última versión", que perder el tiempo, las neuronas y la paciencia intentando adivinar qué cojones te pasa.

La próxima vez, un ballestazo y acabamos antes.



*Nota: Sí, lo habéis pillao. Toshi de Toshiba. Qué queréis, he perdido las pocas neuronas que tenía intentando arreglarlo, añlkñañsjasña.

sábado, 12 de marzo de 2011

Partes Singapurenses

10:25 h. de la mañana. Me encuentro en mi habitación, sentada tranquilamente delante del ordenador. Oigo la puerta. Alguien entra en casa. Unos pasos se acercan. Aparece mi padre empapado como un pollo. Dice (señalando el abrigo que lleva):
Esto parece un chubasquero, pero no lo es.
Y se va.


martes, 8 de marzo de 2011

Partes Singapurenses

21:35 h. -> Bocata de chistorra, y entrando en combustión espontánea en 3, 2, 1...

22:50 h. -> El 90% de la gente que tengo en el FB está babeando porque 11 tios en gallumbos han metido 3 goles. Jo hago lo mismo viendo a Orlando Bloom y su espada en El Reino de los Cielos.

23:40 h. -> Definitivamente, Orlando gana muchísimo más blandiendo una espada que no tirando flechas mientras hace skate sobre la trompa de un mumakil. Perdonad, pero alguien tenía que decirlo.

martes, 1 de marzo de 2011

Partes Singapurenses

Enganchada a Crímenes Imperfectos, de La Sexta. Cada día estoy más cerca de poder cometer un crimen sin ser descubierta. ¡Temblad malditos!



miércoles, 16 de febrero de 2011

London, here I go again!

Pues sí.

No hacía ni un año que había ido por primera vez a Londres y ya volvía a ir. De hecho AQUÍ tenéis la entrada que publiqué explicando la crónica del viaje. Por cierto, me acabo de dar cuenta que sólo escribí acerca del primer día, o sea que todavía me falta todo lo demás... Pero a estas alturas, ¿qué más da? xD

Total, la idea de volver fue porque una amiga mía está viviendo allí y nos invitó a mí ya otra amiga a pasar unos días.

Salimos del Aeropuerto de El Prat el viernes 21 de enero y volvimos el domingo 23. Nos tocó salir de la Terminal 2, la más antigua. Se ve que en esta terminal sólo se han quedado las compañías chungas de bajo coste. Y la verdad es que se notaba una barbaridad: estaba vacía, casi no había nadie por los pasillos y las tiendas estaban todas cerradas. Nos tocó recorrer toda la terminal de una punta a la otra nosotras dos solas. Estaba desértica. Parecía una peli de terror. No me hubiera extrañado que en cualquier momento hubiera aparecido un zombie por allí en medio.

Llegamos a la sala de espera una hora antes que se abrieran las puertas para embarcar. Supongo que para hacer más entretenida la espera había un par o tres de personas haciendo encuestas. A mí me tocó un hombre que me preguntó sobre el estado del aeropuerto, y una de las primeras preguntas que me hizo fue:
¿Qué le han parecido las tiendas?
Esta es una aproximación de la cara que se me quedó después de oír esa estúpida pregunta:


Al contrario que la primera vez, esta vez nos tocó volar con EasyJet, en vez de Ryanair. Todavía no habíamos ni despegado que mi amiga ya estaba con el cuello inhumanamente dislocado y durmiendo como un tronco. Justo en medio vuelo hubo turbulencias. Está bien un poco de emoción, ¡pero tampoco hay que pasarse! Me pasé los dos minutos que duraron los temblores agarrada a los reposabrazos de los asientos como si no hubiera mañana.

Por suerte, el piloto tuvo la amabilidad de decirnos que acabábamos de atravesar una zona de turbulencias, pero que just relax. Ah, vale, ¡gracias! ¡Si no llega a ser por tu aviso, ni me habría dado cuenta! Pero la próxima vez avisa antes, porque estuve a punto de sufrir una combustión espontánea allí en medio y liarla bien parda.

Aterrizamos a las 15h en el Aeropuerto de Gatwick. Recuerdo que después de caminar kilómetros y kilómetros a través de los pasillos del aeropuerto, teníamos la esperanza de que llegaríamos directamente a Londres sin tener que coger el Gatwick Express. Pero no. Tuvimos que coger una lanzadera hasta la terminal norte, y después el tren hasta el centro.

Llegamos a Victoria sobre las 16h, donde nuestra amiga nos esperaba, y luego cogimos el metro hasta su barrio, Hornsey, al norte de la ciudad y a unos 20 minutos del centro. Dimos una vuelta por el barrio y luego volvimos al centro, a ver Picadilly Circus y Trafalgar Square.



Típica foto guiri, en Picadilly Circus.


Para cenar fuimos a China Town. Nos gustó tanto la última vez que fuimos, que decidimos volver. La comida que te sirven no tiene nada que ver con los restaurantes chinos rollo "La Muralla Feliz" que corren por aquí. Nada de pollo con almendras, cerdo agridulce, ternera con bambú y pan de gambas rancio.




Delante del restaurante donde cenamos, con los típicos patos colgados de los huevos, que luego nos comimos. Entrañable.


Después de cenar, estábamos tan cansadas que en vez de salir a tomar una copa, nos fuimos a dormir, como las abuelitas. Además, al día siguiente nos teníamos que levantar temprano porque otra amiga se había ofrecido a llevarnos en coche a las afueras de Londres. Ella vive en Richmond y nos teníamos que encontrar allí. Richmond está en la otra punta de la ciudad, y teníamos una hora de trayecto en metro.



A la mañana siguiente a las 7 ya estábamos en pie. Mi amiga tuvo el gusto de conocer uno de los otros inquilinos de la casa, una pequeña cucaracha que pulullaba por el lavabo de 1m² que teníamos al lado de la habitación. Cuando fui yo, toda ilusionada para conocerla, ya no estaba. Senté el culo en la taza intentando no imaginarme por dónde estaría pululando en ese momento.

Bajamos a la cocina a hacernos el desayuno (un bocadillo de Bimbo con jamón dulce y queso y un capuccino de sobre), y a las 9h salimos de casa camino del metro. A las 10h estábamos frente a la estación de tren de Richmond esperando a que la amiga nos viniera a recoger en coche. Justo en ese momento comenzó a llover. ¡Perfecto!

Decidimos ir hasta Windsor. En tres cuartos de hora llegamos, aparcamos el coche en uno de los muchos parkings que había (no muy baratos, por cierto) y salimos a recorrer todo el perímetro del castillo. En aquel intervalo de tiempo apareció el sol y se nubló para volver a llover unas dos o tres veces. Sí, el tiempo de Londres está como una p*** cabra.

Antes, sin embargo, entramos a una cafetería a tomar un café de verdad, ya que todas llevábamos una cara de zombies que no nos la aguantábamos. Después fuimos hacia el centro comercial. Me recordó mucho a La Roca Village. Lleno de tiendas de marca y bastante osea, todo dispuesto de manera como si fuera un pequeño pueblo. ¡Muy chulo!




Castillo de Windsor.


Hacia las 14h fuimos a comer y luego cogimos el coche para volver. La amiga nos volvió a dejar en Richmond y desde allí cogimos el metro hasta el centro, esta vez para ver Oxford Street. Es como una calle Pelayo, pero a lo bestia. Recorrimos la calle de arriba a abajo hasta la hora de cenar, donde volvimos a China Town. Esta vez nos pedimos un bol de fideos con tropezones cada una, que no nos pudimos terminar porque aquello no era un bol, era una ensaladera. Al acabar, tampoco teníamos ganas de salir de fiesta, así que a las 12 de la noche corrimos a coger el último metro para volver a casa.

El domingo también nos levantamos temprano. El último día tocaba visitar Camden Town. Cogimos el bus (una vez que cogemos uno en Londres y resultó ser un bus normal y corriente, nada de los típicos buses ingleses rojos de dos pisos).

Además, por si no hubiera sido suficiente viajar durante media hora a través de calles llenas de baches, el autobusero conducía como el culo. Que estuve a punto de ponerme yo al volante y todo. El único coche que he conducido ha sido con el GTA, pero no hubiera sido nada comparado con los frenazos que metía ese animal!


* Se toma un trankimazin *

Llegamos a las 10 de la mañana y estuvimos un par de horas paseando por el mercado, pero yo me habría pasado allí todo el día. Recorrimos la calle principal y después nos desviamos hacia Camden Stables, la parte más grande del mercado que fue construida sobre los antiguos establos.




A la orilla del río, en Camden Town.




Devorada por un feroz león, en Camden Town.

Después de terminar de ver los establos y de que mi amiga sucumbiera a la tentación y se comprara unas botas a una de las muchas zapaterías de la calle principal, nos dirigimos a la parada del bus para volver a casa a recoger las maletas y salir hacia el aeropuerto.

Nuestro vuelo salía a las 17h, pero queríamos ir con calma y llegar bastante temprano al aeropuerto para tener tiempo de comer antes de tomar el avión. Fuimos al mismo pub-restaurante de la última vez, The Flying Horse, si no recuerdo mal. Yo elegí uno de los platos típicos ingleses: salchichas con salsa acompañadas de puré de patata y guisantes. No hace falta decir que la mitad de aquellas bolitas verdes y asquerosas las dejé, ¡evidentemente! ¡Tsss!

Nuestro avión salió con algo de retraso, pero a las 20h ya habíamos aterrizado en Girona. El vuelo de regreso se me hizo realmente corto, más que nada porque esta vez sí que me dormí, a pesar de las constantes interrupciones de la tripulación ofreciendo regalos, boletos de lotería, cigarros electrónicos y demás gilipolleces similares que no interesan a nadie, por no hablar del ruido perturbador de los motores y del resto de pasajeros comiendo como cerdos. Pero aún así fue un vuelo agradable.

A ver cuál será nuestro próximo destino. ¿Sugerencias? =)

¡Manda huevos!

Por dónde íbamos? Ah, sí! Pues bien, después de estar dos años en paro, un buen día de julio me llamaron. No una, ni dos veces, no. Tres! O sea... en dos puñeteros años nadie se dignó a llamarme, y en menos de dos semanas se me presentaron tres ofertas de trabajo! ¡Manda huevos! (de ahí el título de la entrada)

Recuerdo que la primera llamada fue del Ayuntamiento de un pueblo cercano al mío. Se había puesto en marcha un nuevo Plan de Empleo, y se estaban poniendo en contacto con todos los pringaos parados para hacerles una prueba y una entrevista. A mí me seleccionaron para la categoría de Programadora. No tenía nada que perder, así que me presenté a la prueba, que era dentro de dos días a las 4 de la tarde.

No podía ser a las 9 de la mañana, nooo. Tenían que hacer la prueba a las 4 de la tarde, con la comida en la garganta y a la hora de la novela (que por aquellas fechas ya no la hacían, pero sigue siendo La Hora de la Novela). Media hora caminando bajo el sol abrasador del mes de julio, y por una calle que, no es que hiciera subida... Es que un poco más y tengo que coger el piolet y los crampones como Jesús Calleja para poder llegar.

Total, que llegué jadeando (en aquel entonces aún no iba al gimnasio) y sudando como una cerda. Cuando ya estuvimos todos (serían unos 30 aspirantes en total, y yo era la única chica... Ah, no, espera, había una súper-divina-osea-de-la-muerte, que se las piró a media prueba diciendo que eso no era pa'ella).

Al cabo de un par de días me volvieron a llamar para hacer la entrevista. Las entrevistadoras eran dos chicas, una era simpática y la otra... bueno, digamos que ese día no había tenido su momento All Bran. Todo iba muy bien hasta que la simpática me hizo una pregunta práctica. Lo sabía perfectamente, pero en ese momento me quedé como Belén Esteban cuando le preguntan la tabla de multiplicar: me bloqueé y empecé a desbarrar.

Pero antes de cagarla más paré y volví a empezar desde el principio, con la consecuente cara de paciencia de la señora All Bran.

Después me hablaron del horario. Me dijeron que seguramente sería de 9 a 14, y me preguntaron si tenía ningún inconveniente. Les dije que me había matriculado para hacer un Ciclo Formativo de Diseño Gráfico y que me coincidía con el horario, y que me iría mejor que fuera por la tarde. La señora All Bran me miró con más cara de asco que nunca y me preguntó:
O sea que das más prioridad a los estudios que en el trabajo que te estamos ofreciendo?
Y yo, ni corta ni perezosa, dije:
Pozí
Esto fue un "Zas, en toda la boca". ¡Pero la poker face que se le quedó a la entrevistadora no tuvo precio!

El lunes de la semana siguiente me volvieron a llamar. Esta vez era del Ayuntamiento de Premià de Mar, donde vivo. También estaban organizando un Plan de Empleo y tenían que contratar casi 50 personas. Habían contactado conmigo para que cubriera también un puesto de Programadora. Tenía una entrevista el día siguiente, y la verdad es que me fue bastante bien.

Eso sí, los próximos días me pasé fatal. No es que quisiera ir de sobrada pero, ¿y si me seleccionaban en los dos ayntamientos? ¡No sabría qué elegir! Por suerte sólo tuve que esperar hasta el viernes (justo cuando salían los otros resultados). Llegan a tardar un poco más y esa perturbación habría acabado conmigo.

Y por fin llegó el viernes. Me dijeron que los resultados saldrían a través de la web, así que me pasé toda la mañana delante de la pantalla del ordenador, con los ojos inyectados en sangre, espuma en la boca y dándole a F5 cada 10 minutos.

Y así me lo pasé hasta el mediodía. A punto de entrar en combustión espontánea, abrí el PDF con el listado de los seleccionados, y entre los 50 DNIs, estaba el mío. Había conseguido el trabajo. Pero me quedó la misma cara que cuando se acabó LOST.

Por un lado estaba contenta, pero por otro me estaba cagando en todo (y sin necesidad de tomar All Bran). Hacía dos años que estaba en paro y, viendo que no encontraba trabajo de informática, decidí ponerme a estudiar diseño. Aunque no hacía ni dos meses que había superado la Prueba de Acceso, y que me había matriculado en un centro para estudiar Diseño Gráfico. Y ahora había encontrado un trabajo de lo que había estado buscando durante meses, y que coincidía con los horarios de los estudios. O sea que tenía que elegir y rápido, porque teníamos que comenzar el 15 de julio.

Después de estar todo el fin de semana dándole vueltas al tarro, decidí aceptar el trabajo. Una oportunidad así no se me volvería a presentar y el curso lo podría comenzar el próximo año.

Lo mejor de todo es que el mismo lunes me llamaron del otro Ayuntamiento diciéndome que me habían seleccionado. Pero ya había aceptado, e incluso había llevado la documentación que necesitaban para prepararme el contrato, o sea que les tuve que decir que no.

Puto Murphy y su Ley de los huevos!!!!!

* Se toma un trankimazin *



Hoy hace un mes justo que se me acabó el contrato, ya que sólo era por 6 meses. Pero ha sido medio año muy bien aprovechado. He aprendido mucho, he podido poner en práctica los conocimientos que tenía sobre Access y Visual Basic, ¡y ahora mi currículum ocupa media página más!

En parte es por eso que he dejado esto un poco abandonado. Me pasaba 5 horas seguidas delante del ordenador y lo último que quería era pasarme 5 más escribiendo gilipolleces en el blog.

¡Pero ahora he vuelto! ¡Temblad, malditos! ¡¡¡Muahahahahahaha!!!

martes, 15 de febrero de 2011

I'm back!

Pues eso, que ya vuelvo a estar aquí. Me habéis echado de menos? Yo tampoco.

Hacía exactamente 4 meses que no actualizaba el blog. De hecho, la última entrada que escribí fue el 6 de octubre, más o menos cuando empecé a ir al gimnasio. Sí, al gimnasio, habéis oído bien. Pero de este fenómeno paranormal hablaré más tarde.

Ahora tiramos más atrás, hacia el mes de julio del año pasado. O sea que ya podéis empezar a temblar, porque pienso escribir todo lo que he hecho desde entonces. Pero aún estáis a tiempo de huir. Si no quiere perder el tiempo miserablemente escuchando las estupideces de una tía que no interesan a nadie, apagad el ordenador y escapad de esta tortura. Claro que por esta regla de tres, también se debería apagar la tele cada vez que sale Belén Esteban en Sálvame y, ya ves, cada p*** Viernes tiene récord de audiencia.

Por otra parte, si tenéis unas cuantas horas libres y no sabéis cómo malgastarlas, continuad leyendo. O poned Telecinco, total, ¿qué más da? Yo seguiré siendo pobre y los tertulianos de los programas de cotilleos que se creen periodistas cada vez estarán más y más forrados.

Uhhh... ehhh... qué manera de hacer propaganda de mi blog, ¿eh? xD Pero mira, si no despotrico de algo no soy yo... Además, ahora hacía mucho que no escribía, de algo me tenía que quejar, ¿no? ¿Y qué mejor que ensañarse con esta gentuza que lo único que hacen es decir gilipolleces, jalar como cerdos durante el programa y putearse los unos a los otros echándose comida por encima? ¡Valeeeeee, ya paro!

* Se toma un trankimazin *

Como empiezo a estar inspirada y presiento que esta entrada será la hostia de larga, he decidido dividirla en varias partes, de manera que no se hará tan cansina, ni para vosotros ni para mí (que, aunque no lo parezca, tengo una vida más allá de este estúpido blog, afbhñawsfhbwawa).

miércoles, 6 de octubre de 2010

Partes Singapurenses (III)

Atención mosquitos: Hoy, barra libre de O+ en Can Valero.
Entrada gratis (puertas, ventanas, patios de luces, conductos de ventilación o por donde os dé la gana).
Sólo 1 consumición por bicho (tampoco es plan de abusar, que luego os ponéis como la Caballé).
Suministro limitado.
Espectáculo final con Raid y After Bite.
Pasen y chupen.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Partes Singapurenses (II)

Un billete de ida y vuelta a Barcelona: 4,70 €.

Una T-10: 7,95 €.

La 6 ª Temporada de LOST: 46.99 €

Ir a Starbucks, pedir un p*** café con leche de toda la vida y que la dependienta te mire como si hubieras pedido uranio empobrecido, no tiene precio.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Visita al matadero

Habéis visto The Ring? Sí, hombre, aquella película de terror que se centra en una misteriosa cinta de vídeo que, momentos después de verla, recibes una llamada de teléfono avisándote de que palmarás en una semana.





¿Os imagináis el mal rollo que te entra? ¿El mal trago que pasas durante toda esa semana, contando los días y las horas que faltan para irte al otro barrio? Y lo mejor peor de todo: pensando cómo será el gran momento. ¿Me caerá un piano de cola en la cabeza, en plan George Clooney? ¿Me atropellarà un bus conducido por un autobusero kamikaze que se salta las paradas y no se limpia las uñas? ¿Moriré asfixiada por el calor y los aromas sobaquiles dentro de un vagón de tren en dirección Barcelona a las 8 de la mañana? ¿Por sobredosis de Ibuprofeno? ¿Me atragantaré con un trozo de librito de lomo? ¿O quizás por un Actimel caducado?

Bueno, ejem... Como decía antes de dejarme llevar por esta... digamos... macabra emoción, pasados los 7 días, efectivamente, te sale una niña con el pelo grasiento de dentro del televisor y arrastrándose por el suelo de una manera extraña, te pega un grito y, ¡PUM! La espichas.

Pues bien, seguro que alguna vez en la vida, todos hemos recibido alguna llamada chunga que nos ha cortado la respiración. Llamadas que te hacen poner la piel de gallina, que hacen que te tiemble la voz y que te quedes pálido como un cadáver.

Todo empieza cuando estás en casa, tranquilamente acomodado en el sofá mirando la novela de la tarde. De repente, un sonido agudo e irritante resuena en el ambiente. Llaman al teléfono. Con mala hostia, te levantas del sofá despotricando, renegando y murmurando que estas no son horas de llamar, y menos en esta escena tan importante.
¡No se podían esperar hasta los anuncios, no! Tiene que ser ahora!
Te acercas al teléfono, miras la pantallita y como el número que aparece no parece sospechoso, levantas el auricular y te lo acercas al oído.
¿Diga?
No tardas en darte cuenta de que ha sido un grave error. Desde el otro lado del teléfono, una voz misteriosa suelta las palabras más terribles que un ser vivo puede escuchar nunca:
Buenas tardes. Llamamos de la clínica dental
Un escalofrío te recorre toda la espalda. En este momento te quedas paralizado, con los músculos rígidos y la mirada perdida. Piensas que tarde o temprano te tenía que tocar y que, si no es hoy, volverán a insistir la semana que viene, y la siguiente, y la siguiente...
Te recordamos que hace ya un año desde tu última visita, y ya toca una limpieza. ¿Qué día te iría bien?
Se regodean en sus sádicas palabras y tú, acojonado perdido, piensas en colgar el teléfono como un cobarde y continuar mirando la novela, como si nada hubiera pasado. Pero ellos insisten para que elijas una fecha. Finalmente, sin poder aguantar tanta presión, tragas saliva y, con la voz temblorosa, consigues pronunciar con un hilo de voz:
Cualquier día por la tarde me va bien...
Ya la has cagado. Te encasquetan la visita el próximo lunes a las 5 y media de la tarde, te dicen adiós y hasta el lunes.

¿Lunes? ¡Pero si sólo quedan 3 días! Apenas tendrás tiempo para despedirte de tu familia y de tus amigos.... Bien, no te entretendrás y te centrarás en la gente que vive en un radio de menos de 5 Km. A la gente que viva más lejos, ya les enviarás un mensaje por Facebook y, de paso, material de construcción para Farmville, que sino se enfadan.

Durante los 3 días siguientes te sientes como la protagonista de The Ring. Tanto, que incluso acabas por desear que se te aparezca la niña de los cabellos grasientos, te pegue un grito y se te lleve, a ver si termina este sufrimiento de una vez.

Finalmente llega el día, y sólo haces que repetirte:
Limpieza... Sólo es una limpieza... No duele... No duele nada...
Pero todos sabemos que esto es una táctica para que piques, vayas confiado pensando que no corres peligro, y en el último momento: ¡ZAS! Te sueltan la típica frase de:
Uiuiui... Este puntito negro tiene mala pinta...
Con lo que te secuestran media hora más para arreglarte "el puntito negro".

Total, que estás tan nervioso que te presentes media hora antes. Llamas al timbre y al cabo de unos momentos se te aparece un espectro con pijama de color azul turquesa, mascarilla y lo que parece ser un pequeño gancho entre las manos. La mascarilla le tapa casi toda la cara, pero puedes llegar a distinguir una pequeña sonrisa maléfica. Con un gesto de la mano que lleva el gancho y un extraño brillo en los ojos, te invita a entrar en sus aposentos mientras te dice:
Hola, buenas tardes. ¿Si puedes hacer el favor de esperar unos minutos? Te llamaremos en seguida.
Y tú empiezas a avanzar por el largo y sinuoso pasillo de 2 metros hasta que llegas a LA SALA. Abres la puerta y te encuentras con otras almas en pena que esperan, pacientes, a que les llegue el turno.

Entras en la sala y te sientas en la primera butaca vacía que ves. Piensas que con la media hora que te queda tendrás tiempo para tranquilizarte e ir haciéndote a la idea.

Y es que no hay nada más relajante que estar sentado en esa butaca de piel que es de todo menos cómoda, entre aquellas cuatro paredes blancas decoradas con dos cuadros de algo que se quiere parecer al cubismo, y una triste ventana que da a la calle.

De fondo se oye una lúgubre musiquilla con violines, proveniente de un viejo altavoz cutre y salchichero colgado de una de las esquinas de la pared.

Y en un rincón de la sala está el mueble que no puede faltar nunca en una sala de espera. Allí está. Quieta. Esperando. Acechando. Intentas no mirarla, pero sigue allí. Tiene un poder de atracción que hace que, aunque no quieras, te acabes acercando y haciendo uso de ella. Exacto. Se trata de la mesa telebrosa de las revistas. Aunque se han dado casos de mesas que tienen revistas de viajes o incluso de ciencia, la mayoría de ellas sólo existen para un sólo tipo de revistas: las del corazón.

Haces de tripas corazón y procuras no mirar la mesa ni las revistas directamente a las tapas. Así que te dedicas a mirar la rancia decoración de la sala. Te centras en los cuadros y, por más que te fijas, no acabas de ver qué es lo que tienen pintado. Luego te limitas a mirar las caras de las almas en pena que te acompañan. Las observas atentamente y en el fondo te alegras porque la mayoría hace más mala cara que tú, menos un niño recién salido de la escuela (lo delata la mochila de Hannah Montana), acompañado de su madre, y con un sonrisa de oreja a oreja.

De repente, el pomo gira y la puerta se abre lentamente, dejando ir un chirrido digno de un castillo encantado. Una cabeza flotante con mascarilla aparece por detrás de la puerta, y ves que recorre toda la sala con su mirada perturbadora. En este momento te sientes como en Frodo en la escena del Monte del Destino, y suplicas para que el Ojo de Sauron pase de largo. Por suerte, la cabeza flotante se dirige hacia el niño, que sale muy contento y risueño por la puerta. Que tú piensas:
Ay, chaval, que no sabes lo que te espera. Dentro de 10 minutos saldrás berreando y sangrando como un p*** cochinillo.
Y efectivamente. No pasan ni 5 minutos que empiezan a oírse ruiditos escalofriantes, llantos y gritos. Quien se ríe ahora, ¿eh? Eso te pasa por hartarse de Phoskitos, gofres y Ositos Lulu de esps. Esto sólo es un aviso. Como continúes así, pronto te tendrán que arrancar la dentadura de cuajo. Ya verás como no ríes tanto la próxima vez que vienes al dentista. Al dentista no se ríe. Al dentista se viene acojonado. Ellos tienen el poder y como te pases un pelo te pueden hacer muuuucho daño.

Al cabo de nada se vuelve a abrir la puerta y reaparece la cabeza flotante. Esta vez sí que ya no tienes escapatoria. Notas la mirada sombría del espectro clavada en tu cuero cabelludo. Tú no quieres levantar la cabeza, pero una fuerza exterior te obliga a hacerlo. Y el espectro te dice:
Ya puedes pasar. Hacia la sala de la izquierda, por favor.
¡Ah! ¡Que hay más de una sala! ¡Esto se avisa, hostiaaaaaa!

Esbozas una sonrisa, falsa a más no poder, devuelves el Cuore (que no sabes como ha llegado hasta tu regazo) a la mesa tenebrosa, coges tus cosas y sales por la puerta, no sin antes hacer una última ojeada a la sala de las almas en pena, entre las que ves miradas de lástima y compasión.

Tal como te ha indicado el espectro, te diriges hacia la sala de la izquierda. La sala mortuoria. Sólo entrar y ver todos aquellos aparatos, te empiezan a venir a la cabeza flashes con imágenes escalofriantes. Y allí está él. El ser más maligno de este clan. Está de espaldas a ti y sentado en una silla ergonómica con ruedas. Ya que hay que hacer sufrir a alguien, al menos hacerlo cómodamente, claro que sí. Está preparando su informe, no quieras saber de qué.

De pronto, el ser maligno se gira y extiende su mano, supuestamente como gesto de saludo. Le das un apretón y vuelves a sonreír falsamente. Lo empiezas a hacer bastante bien. Te dice que te sientes en la silla. ¡Ahhh, la silla!





Un mueble del que le salen todo de tubos y herramientas puntiagudas similares a las que utiliza un tatuador no puede ser muy bueno. Te sientas. Él viene rodando con la silla hasta tu lado mientras se calza los guantes de látex haciéndolos petar. Pulsa algunos botones de la silla hasta que quedas en posición horizontal. Un foco te ilumina. Empieza la función.

Te pide que abras la boca lo más posible, pero a ti te cuesta porque tienes la mandíbula pequeña. Con el gancho en la mano (esperas por tu bien que no sea el mismo que iba paseando el espectro del pijama azul) te lo mete en la boca y empieza a hurgar con la ayuda del espejito, mientras murmura lenguas muertas. Después coge una de las herramientas en forma de taladro que cuelga de un tubo y la activa. El extremo puntiagudo empieza a girar rápidamente sobre el esmalte de cada uno de tus dientes, haciendo el mismo ruido que un cochinillo en celo. Y no será porque te hayan perseguido muchos cochinillos en celo, pero te imaginas la escena y en ese momento te entran ganas de partirte de risa, pero no puedes porque tienes la boca llena de dedos de dentista, herramientas puntiagudas, tubos aspiradores y agua.

La verdad es que no notas casi nada, salvo una pequeña vibración. Incluso estás a punto de darle las gracias cuando te saca un trozo de butifarra de huevo que se te había quedado enganchada entre los incisivos dos días atrás.

De pronto, vuelve a hablar lenguas muertas. Intentas entender lo que dice, pero entre el ruido del aspirador y del cochinillo en celo, sólo consigues distinguir estas palabras:
Uiuiui... Este puntito negro tiene mala pinta...
Y ahora eres tú el que empiezas a sudar como un cerdo. Temes lo peor. De las 5 herramientas que hay colgadas en la silla, sólo ha utilizado dos. Las otras tres seguro que las reserva para casos terminales. Pero, para tu sorpresa, a continuación te dice:
Bah, pero es poca cosa. Lo arreglaremos un poco y lo iremos vigilando para que no se haga más grande.
Después coge otra herramienta con forma de lijadora, la unta de una pasta gris y asquerosa y... ¡Mmmmm! ¡Si tiene buen gusto y todo! ¡Y además es dulce! Aprovechas cuando él se gira para pasarte la lengua por los dientes untados de pasta y te comes un poco. ¡Es tan buena! Y además hoy no has merendado, con los nervios...

Entonces apaga el foco, vuelve a colocar tu silla en posición normal y llena un vaso de agua para hagas gárgaras. No haces gárgaras. Quieres quedarte con ese buen sabor hasta la hora de cenar. Coges tus cosas y sales de la sala (ya no tan) mortuoria.

Vas hacia el mostrador de recepción y en ese momento ves a otro paciente que sale de la sala de espera con cara de cordero degollado dirigiéndose hacia el matadero. Al cabo de un rato aparece la recepcionista, y te dice que ya te volverán a llamar para la próxima visita.

Estás contento. Tan acojonado que estabas y, ya ves, los 20 minutos que has estado en la sala mortuoria han pasado enseguida. Te pensabas que sería más grave, que te encontrarían un montón de caries y que se montaría allí la masacre del siglo: gritos, berridos, llantos, litros y litros de sangre esparcidos por el suelo, los ayudantes sujetándote en la silla y el dentista taladrándote la boca...

Por suerte, nada de eso ha pasado y tú sigues vivo. De todos modos, este lugar infernal aún te hace venir escalofríos, así que te dispones a marchar rápidamente, pero la recepcionista hace un gesto con la mano para que te detengas. ¿Qué quiere ahora?
Bueno, pues serán... 60 €, por favor :)
Y ahora sí que te acaban de matar.

martes, 24 de agosto de 2010

Partes Singapurenses (I)

Se acaba el verano. Empiezan los anuncios de fascículos. Que alguien me corte las venas.

lunes, 26 de julio de 2010

Hoy hace 15 años

Recuerdo perfectamente el día que nos conocimos. Como si fuera ayer. Hoy hace 15 años, el 26 de julio del año 1995, el día de mi santo. Yo tenía 8 años.

Entonces aún celebrábamos los santos, y yo estaba muy nerviosa, porque sabía que antes de cenar me darían los regalos. Cada año era el mismo ritual. Yo me escondía en mi habitación con la puerta cerrada, mientras oía los pasos de mis padres y veía sus sombras a través de la rendija yendo pasillo arriba, pasillo abajo, llevando los paquetes hacia el comedor.

Y llegó el momento más esperado, el de abrir los regalos. No recuerdo con exactitud en qué orden me los dieron, sólo sé que cada vez que abría uno, estaba más y más desconcertada. Todo eran complementos y accesorios para perros: un comedero, un bebedero, una correa y un arnés, una cuna, champú y colonia, peine y cepillo, un saco de pienso... incluso había un libro titulado "El Maltés".

Yo no entendía absolutamente nada. ¿Por qué me regalaban todo eso si no teníamos perro?

Por último, mi madre entró en el comedor con una bolsa de regalo en las manos y me la dio. Yo la cogí por las asas, la abrí, y dentro había la cosa más bonita y encantadora que he visto nunca.

Debías medir poco más de un palmo y tenías el pelo blanco y bufado. Entonces levantó la cabeza y me miró con sus dos preciosos ojos negros. Te brillaban mucho. Yo también te miré, sonriendo. A partir de ese momento supe que me había enamorado.

Eras tan pequeño y tan blanquito que nos hiciste recordar a un copo de nieve. Es por ello que enseguida encontramos el nombre perfecto para ti: Floc.

Me explicaron que te habían adoptado en Barberà del Vallès, donde había una señora que criaba perros de tu raza. En el momento de las presentaciones, toda la camada de cachorros se pusieron a correr y a saltar, contentos de alegría. Pero había uno que llevaba una calma, una tranquilidad y una pachorra, pasando de todo, yendo a su rollo y haciéndose el interesante, como si la importara un bledo que lo adoptasen o no. Mis padres lo tuvieron clarísimo.

Desde el primer momento que entraste en casa te convertiste en un miembro más de la familia y, durante estos 13 años y medio que has estado a nuestro lado, has sido el mejor perro que podíamos haber tenido nunca. Nos has hecho reír, nos has hecho llorar, nos has hecho enfadar y nos has hecho sufrir... pero, sobre todo, nos has hecho pasar momentos inolvidables:

Recuerdo aquella vez que mis padres te quisieron cortar las uñas porque las llevabas demasiado largas, pero sin querer te las cortaron demasiado y empezaste a sangrar. En ese momento llegué de la escuela y cuando vi el suelo y el cristal de la puerta del balcón manchados de sangre, aparte de pensar que se habían tomado algo más que café esa mañana, me asusté mucho porque creía que te había pasado algo grave. Por suerte no fue nada, pero te tuvimos que vendar las patitas para que se detuviera la hemorragia. Después de eso, tardamos mucho tiempo en querer cortarte-las de nuevo!

Hubo dos ocasiones en que te nos escapaste. Bueno, de hecho sólo fue una. La otra fue una falsa alarma. Fue después de comer cuando nos dimos cuenta de que no estabas. Te buscamos por todas las habitaciones de la casa, por el balcón, por la escalera, pero nada. Pensamos que quizá habrías aprovechado un momento en que la puerta de entrada estaba abierta y habrías salido. Mi madre y yo salimos a la calle y nos estuvimos un buen rato buscándote. Recorrimos las calles de la zona arriba y abajo, haciendo el recorrido que hacías cuando te sacábamos a pasear, pero nada. Se hicieron las 3 de la tarde y yo me tenía que ir a la escuela, pero durante aquellas dos horas de clase no podía tener la cabeza en otra parte que no fuera en ti. No sabía dónde estabas, ni si te encontrabas bien, no entendía por qué te habías escapado. Finalmente, al volver de la escuela, me enteré de que no habías salido nunca de casa. Tenías la costumbre de ir al lavadero a oler la basura y, con un golpe de viento, se cerró la puerta y te quedaste encerrado.

La segunda vez sí que te escapaste de verdad, pero fue por culpa mía. Mamá llegaba de trabajar a las 9 de la noche, y pensé que ese día podíamos bajar al rellano de la escalera a recibirla. Dejé que bajaras solo, pero resulta que ella estaba hablando con una vecina y no se dio cuenta que habías bajado las escaleras y habías salido a la calle. Todo el mundo corrió a buscarte, Ismael y Jordi por un lado y mamá y papá por otra. Estuvieron mucho rato buscándote. Fui tan estúpida de dejarte solo len a escalera... Salí al balcón con la esperanza de verte pasar por delante de casa, pero nada... Finalmente, vi a papá girando la esquina, atravesando la calle y dirigiéndose a casa, pero no estaba solo, venía contigo, te tenía cogido en brazos. Y a mí se me iluminó la cara. Te había encontrado en el pipican de la plaza de la Gran Vía, el lugar donde siempre íbamos cuando salíamos a pasear. A partir de entonces, siempre te vigilé para no volverte a perder.

Pero, quisiéramos o no, siempre teníamos ese miedo. Un día te empecé a buscar por toda la casa porque no te encontraba en ninguna parte, fui hacia el comedor donde estaba Ismael tumbado en el sofá y le pregunté si te había visto. Y él, sin pensárselo dos veces, pegó un bote del sofá soltando un taco y corrió a buscarte. Minutos después me di cuenta que habias estado acurrucado a los pies de Ismael todo el rato, y sin que él se hubiera dado cuenta.

Claro que tú ibas a tu bola y aprovechabas cualquier descuido nuestro para salir al rellano de la escalera. Más de una vez te habíamos encontrado abajo, a la entrada, mirando la calle a través del cristal de la puerta, como un preso encarcelado. Pero no sólo bajabas, también eras capaz de subir 4 pisos hasta la azotea. Una vez, me asusté tanto que me repasé de arriba abajo el edificio (dos veces), hasta que te encontré tan feliz corriendo por la azotea. Cuando llegué a casa, el corazón me iba a mil por hora, las piernas me temblaban, me había dejado los pulmones tirados por rellano y la regla me había bajado de golpe. Pero lo peor fue la terrible idea de pensar que te había vuelto a perder.

¿Recuerdas aquel día que te me comiste la merienda? Como siempre, yo llegaba de la escuela sobre las 5, y mamá me dejaba una bandeja con mi merienda sobre la encimera de la cocina. Ese día tenía dos rebanadas con paté y un zumo de naranja. Lo llevé todo a la mesa del comedor y fui un momento a mi habitación a buscar algo. Cuando volví, te encontré encima de la silla y con actitud sospechosa. Me acerqué y vi que te habías comido una de las rebanadas y habías dejado la corteza. En el fondo me dolió que te hubieras zampado mi merienda sin pedirme permiso, pero me hizo mucha gracia que te hubieras comido sólo la miga del pan untada. A partir de ese día supe que te encantaba el paté.

Tú y los gatos no fuisteis nunca muy buenos amigos. Cuando salíamos a pasear y veías uno, tenías curiosidad y te acercabas para olerlo. Pero ya sabes cómo son los gatos, unos rancios y unos estirados. Tú sólo tenías ganas de hacer nuevos amigos, en cambio ellos siempre pasaban de ti. Hasta que un día, te cruzaste con uno que no debía tener muy buen día y te saludó con un arañazo en todo el morro. A partir de entonces, nunca más volviste a mirar los gatos de la misma manera... bueno, de hecho, es que ni te los mirabas. Cuando pasabas por delante de uno, girabas la cara, disimulando. ¡Con dos cohone!

Eras un perro muy listo e inteligente y podrías haber aprendido muchas cosas si nosotros hubiéramos tenido más paciencia para enseñarte.

Lo primero que aprendiste fue a venir en cuanto te llamábamos por el nombre y a sentarte. Alguna vez me había sentado contigo a enseñarte a darme la patita, pero por el caso que me hacías, me parece que no te entusiasmaba mucho, la idea.

Pero en cambio hay algo que aprendiste a hacer casi solo: subir la escalera de mano de mi cama. Yo te cogía y te colocaba de forma que las patitas de atrás estuvieran sobre el primer escalón y las patitas delanteras sobre el segundo. Entonces empezabas a subir. Levantabas la patita derecha de atrás mientras que con las de delante hacías fuerza para llegar al siguiente escalón, y así hasta que conseguías subir los 5 peldaños de la escalera. Pero una vez arriba te ayudaba a subir a la cama y, cuando lo hacías, te abrazaba y te felicitaba por lo que habías hecho. Tú te ponías muy contento, moviendo la colita, y entonces íbamos corriendo hacia la cocina a buscar una golosina como premio. Aunque, más de una vez no te habías atrevido a subir hasta arriba del todo, entonces me mirabas con cara de pena para que te ayudara a bajar y te dejabas caer porque sabías que yo te cogería (y, evidentemente, te cogía).

Estoy segura de que no hay muchos perros que sepan hacer algo así, pero tú podías.

¿Te acuerdas cuando jugábamos al "¿Dónde está?". Aprovechábamos que estábamos todos en la mesa para sentarte en nuestro regazo y entonces te preguntábamos: "¿Dónde está Anna?", Entonces tú, dudabas unos segundos, pero enseguida me mirabas. Y cuando lo hacías bien, todos soltábamos un "¡Ohhhhh!". Cuando eras pequeño te gustaba mucho, este juego, pero a medida que te hacías mayor, lo debías encontrar una tontería, porque llegó un momento en que te hacías el sueco... como cuando veías un gato.

La última pirueta que aprendiste fue a dar una vueltecita. No sé por qué no te lo había enseñado a hacer antes, lo aprendiste muy rápido y sin dificultad.
La primera vez, cogí una galleta de yogur de las que tanto te gustaban y te la enseñé, pero antes de dártela, dibujé un círculo con la mano, para que tú la siguieras y dieras una vuelta. Lo practicamos un par o tres de veces más y, a partir de entonces, cada vez que te daba una golosina, dabas una vuelta instintivamente, sin que yo te lo pidiera.



Este escrito lo tengo hecho desde hace tiempo, poco después de que te fueras, pero hasta ahora no me había atrevido a compartirlo. Pero hoy es 26 de julio. Hoy hace 15 años que conocí el perrito más bueno, maravilloso y encantador que podríamos haber tenido nunca y, si aún estuvieras vivo, te haría un pastelito con una vela, como el día de tu cumpleaños, y te regalaría una golosina, la que fuera pero, eso sí, que estuviera envuelta en papel de regalo. Te encantaba abrir los paquetes y destrozar el papel. Creo que te hacía más ilusión eso que el regalo en sí.

A menudo aunque pienso que, cualquier día, voy a entrar en el comedor y te voy a encontrar tumbado en el sofá, todo acurrucado y con la cabeza apoyada en el reposabrazos, como si nada hubiera pasado. Entonces, cuando me veas te levantarás y vendrás corriendo a recibirme moviendo la cola, como hacías siempre que alguien llegaba a casa, y yo te rascaré la barriga y las orejas, te acariciaré y te abrazaré.

Esta es la imagen que quiero recordar de ti. No la de los últimos días, en los que te los pasabas sin poder moverte del sofá, tapado con tu mantita, temblando y con los ojos tristes y vidriosos, sin fuerzas para seguir viviendo.

Quiero recordar todos los buenos momentos que has vivido con nosotros, que han sido muchos, y decirte no te olvidaremos nunca, Floc! Muaka!

jueves, 15 de julio de 2010

Parte Playil II

Tomando el sol tranquilamente. Família alemana formada por el papá con un sombrero de paja, la mamá con las tetas medio fuera y la niña de color naranja radioactivo invaden peligrosamente mi espacio vital. Mirada asesina y perturbada por encima de las gafas de sol. La família feliz retrocede unos metros. Nunca falla :)

miércoles, 14 de julio de 2010

Parte Playil I

Crema solar: 12 €
Botella de agua: 0,40 €
Libro: 7,95 €
El pánico que sientes al ver aproximarse un ejército de 50 niños berreando emocionados cargados con raquetas, pelotas y manguitos, no tiene precio.

martes, 11 de mayo de 2010

Diálogo de besugos entre un camarero cualquiera y yo

- ¿Qué vas a tomar?
- Quiero una ensaimada.
- ¿Una ensaimada?
(¡¡dios del sielo y de los espasios infinitos, esta depravada ha entrado a una granja a comerse una ensaimada!! ¡¡¡Qué horror!!!)

- Sí, una ensaimada.
- ......
- ......?
- ¿Alguna cosa más?
- No, ya está.
- YA ESTÁ?!?!?!?!?!?!?!?!?!?!?!?!?!
(mirándome acojonado com si yo fuera un velociraptor hambriento a punto de atacarlo... aunque, en cierto sentido, no iba desencaminado)

- Sí, sólo quiero una ensaimada...
- ¿No quieres un café con leche, o agua?
(con ojos de súplica)

- .......
- Te sale más económico.
(casi arrodillándose e implorándome)

- Entonces tráeme un chupito de cianuro, y acabemos de una vez con esta tortura.
(por vía telepática)

viernes, 30 de abril de 2010

Lobovejas

Y después de un mes, 500 fotos, rebanamientos de seso, varias neuronas muertas, nervios y estrés, al final he podido acabar el trabajo de final de curso (¡y entregarlo a tiempo!).

Así que, sin más dilación, os presento mi primer corto: LOBOVEJAS.
Con la colaboración desinteresada de 5 peculiares ovejas y un lobo vegetariano.
Se admite el lanzamiento de huevos, tomates y/o cabezas de cerdo (aunque, lanzar por lanzar, si es una paletilla de jamón, mucho mejor).






Hoy hace un bonito y soleado día, algo poco común estas últimas semanas en Irlanda.

El sol ha amanecido temprano y ahora emerge por detrás de las Wicklow Mountains, bañando las extensas praderas verdes en un tono dorado.

Un pequeño rebaño de ovejas pasta tranquilamente en lo alto de una loma, rodeada por una cerca de madera blanca, saboreando la fresca y deliciosa hierba.

De repente, un objeto cae del cielo. Las ovejas, estupefactas y curiosas, se acercan para observarlo. Es verde, redondo y huele bastante bien.

Nunca habían visto algo así, pero les gusta, y pronto empiezan a jugar con él pasándoselo entre ellas.

Están tan distraídas con su nuevo juego que no se dan cuenta de que un lobo acecha detrás de la cerca, observándolas, relamiéndose, esperando el momento oportuno para dejarse ver.


miércoles, 10 de marzo de 2010

London - Día 1

La noche anterior casi no dormí. A mí me parecía que no, pero en el fondo estaba hecha un manojo de nervios! Me fui a la cama a las 2 de la madrugada pero a las 7 del día siguiente ya estaba en pie, así que aproveché para terminar de arreglarme la maleta y prepararme la documentación necesaria. Cogí el DNI, pasaporte y un sobre con 170 libras en billetes pequeños (y sin marcar), y lo puse todo dentro de la riñonera.

A las 11 salimos de casa, subimos al coche y rumbo hacia el aeropuerto de Girona. En menos de una hora llegamos pero como no teníamos que facturar maletas, aprovechamos para comer algo ya que, probablemente no tendríamos tiempo de volver a comer hasta la noche.

Mis amigas se comieron una hamburguesa con patatas fritas y ketchup, pero yo, a no ser que se traten de las hamburguesas hechas por mi madre (caseras, delgadas, jugosas, rellenas de queso fundido y con sabor a hamburguesa (¡y que conste que no le estoy haciendo la pelota!)), no como. Así que me pedí un frankfurt.

En cuanto terminamos, subimos al piso de arriba para pasar por el control. Nos tuvimos que quitar la chaqueta, las botas, los collares, las pulseras, los relojes, el cinturón, los ovarios hinchados y ponerlo todo en una bandeja. Pasamos por el escáner y, después de vigilar de no resbalar, caer al suelo y abrirnos la cabeza por culpa de un charco (supuestamente de agua) que había justo a la salida del escáner, nos volvimos a poner las botas, cogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la puerta de embarque.

Nosotras fuimos de las últimas en embarcar y, por ello, una vez en el avión nos encontramos con que no había suficiente espacio dentro de los compartimentos para nuestras maletas. Lo hubiera habido si existiera gente amable en el mundo, pero como la mayoría guardaba sus inmensos anoraks de mierda de 5 kilos, tuvimos que estar las 2 horas de viaje con la maleta bajo los pies que, no es que molestara... es que molestaba mucho.

Pero por si fuera poco, además de estar con las piernas encogidas y acabar con la espalda como un cigüeñal de barco, las azafatas auxiliares de vuelo no paraban de dar por saco continuamente. Pasaron como unas 123565 veces con el carrito, ofreciendo bocadillos, bebidas, artículos de regalo, galletas de la suerte, revistas, boletos de lotería, tarjetas telefónicas, tarjetas rasca-y-gana y, atención, la última novedad en productos inútiles que no te comprarías en tu vida pero, como viajes en avión, molan: ¡cigarrillos sin humo! Para todos aquellos yonquis que no pueden estar ni 2 horas sin chutarse nicotina, se han inventado una especie de cigarrillos eléctricos (¡a 6 € el paquete!) que no se encienden, pero que proporcionan la dosis de nicotina necesaria para que el/la yonqui en cuestión no explote a medio vuelo y la líe parda.

A las tres, hora inglesa, aterrizamos en el aeropuerto de Gatwick. Recorrimos toda la terminal hasta llegar a la estación, desde donde cogeríamos el Gatwick Express, un tren-lanzadera que va del aeropuerto a Victoria Station y viceversa en media hora. Una vez allí, compramos dos Travelcards de un día, una para el viernes y otra para el sábado. Bueno, al menos esa era nuestra idea... Lo que no esperábamos era que al día siguiente nos encontraríamos con una sorpresita.

Nuestro Bed & Breakfast se encontraba en el barrio de Shepherd's Bush, al oeste de Londres (limita a la derecha con Nothing Hill), de modo que tuvimos que coger la línea azul - Victoria hasta Oxford Circus, hacer trasbordo con la línea roja - Central y, después de 7 paradas, bajar en Shepherd's Bush.

Me habían dicho que me abrigase mucho, que haría mucha rasca. Pero la verdad es que durante el camino de la estación al B& Bno me lo pareció. Ya eran las 4 y media de la tarde y, aunque el sol empezaba a esconderse, se aguantaba bastante bien. Pero lo que no me imaginaba es que no pensaría lo mismo al cabo de un par de horas, muahaha!

Después de caminar 2 o 3 islas por Uxbridge Road giramos a mano derecha por Aldine Street. Nuestro B&B se llamaba Jim's Guest House (¡viva la originalidad!), y estaba formado por dos casitas, situadas en la misma calle, pero separadas por unos 20 o 30 metros. En la primera es donde estaba el comedor y en la otra, las habitaciones. Nos tocó la nº 7, en la planta baja. Era bastante pequeña, pero muy acogedora. Tenía 3 camas, baño, armario, teléfono, televisión y cafetera, y una única ventana con unas maravillosas vistas al extractor de la calefacción.

A punto de nuevo para salir, nos dirigimos hacia la estación. Y lo primero que vimos cuando salimos de la boca del metro (y no es una manera de hablar) fue el Big Ben. Oh, qué bonito, qué grande, ponte que te hago una foto, blablabla.


El Big Ben

Entonces cruzamos el río por el puente de Westminster y, desde el otro lado, nos hicimos las típicas fotos con el Big Ben y el Palacio de Westminster en el fondo. Ah, por cierto, el London Eye es chulo pero no deja de ser una noria. En mi pueblo también hay una, cuando viene la feria, tsss!


El Palacio de Westminster

Después volvimos a cruzar el río por la otra acera y fuimos a ver Westminster Abbey. Es una iglesia gótica muy bonita e impresionante, pero de noche y detrás de una reja, no se apreciaba tanto.

Eran las 8 de la tarde, estaba ya muy oscuro y cada vez hacía más rasca. A pesar de llevar guantes, tenía las manos heladas y, de la nariz no paraba de salirme una sustancia viscosa, popularmente conocida como moquillo. Además, los labios se me empezaban a cortar y a quedarse en carne viva por culpa del viento.

Y después de esta bella imagen que se os habrá quedado de mí, sigo.

Volvimos a coger el metro, esta vez hasta Knightsbridge. Nuestra siguiente parada era Harrods. Aunque teníamos muy poco tiempo para visitar la ciudad queríamos hacer una visita rápida a estos famosos almacenes, por eso sólo paseamos por la planta baja ya que, junto con la fachada exterior de noche, es lo que más llama la atención.

La primera sala que nos encontramos estaba decorada con estilo egipcio antiguo, con una estatua de la esfinge, y en la que hay montones de complementos de marcas como Gucci, Luis Vuitton y otras pijada varias. A partir de la siguiente sala ya entrábamos en la zona de alimentación, donde se encuentra la carnicería y la pescadería, la charcutería (unos quesos, unos patés... ¡oh!), la sala de tés y cafés y, mi preferida, la pastelería: Las estanterías y los expositores estaban llenos de chocolates, bombones, galletas, dulces, mermeladas, pasteles, fruta confitada y otras cosas que ahora mismo no puedo describir porque entraría en coma de azúcar.


Fruta glaseada


Reproducciones de fruta hechas de mazapán


Para que os hagáis una idea, en este vídeo hay una reproducción bastante aproximada de mi reacción.

O sea que, si algún día desaparezco, ya sabéis dónde me tenéis que ir a buscar : D

Después de secarnos la espuma que nos salía de la boca y volver a ponernos los ojos dentro de las órbitas, seguimos el recorrido hasta la sala de los perfumes y productos de cosmética y, finalmente, la joyería. Aquello fue... ¿como lo diría finamente y sin ofender a nadie? Ver una estúpida pija recalcitrante acompañada de sus dos super-osea-amigas que no debían tener más años que yo, probándose un montón de colgantes para acabar comprando lo más ostentoso y cargado, sólo para llevarlo una vez en la vida, y pagándolo con la Visa de papá, es un hecho que me da ganas de vomitar.

De hecho, Harrods ya es un centro comercial con un nivel de pijura por metro cuadrado bastante preocupante pero, aún así, debo reconocer que me gustó hacerle una visita. Está todo bien decorado e iluminado, y los productos están colocados de una manera que llaman la atención cuando pasas por delante. También he de decir que no era todo tan caro como me imaginaba.



Botellas de agua H2Osea


Salimos de OseaVille, volvimos a coger el metro y bajamos en Hyde Park Corner, una parada después. Nuestra intención era ir a cenar al Hard Rock Café, visita obligada siempre que vamos de viaje. Pero, cuando llegamos había cola y, además, nos dijeron que aún teníamos para dos horas. Así que dimos media vuelta y volvimos a coger el metro, esta vez para ir a Picadilly Circus.

De hecho, lo único que llama la atención de esta plaza es la fachada con los rótulos luminosos al estilo de Times Square de Nueva York o Shibuya de Tokyo, ya que la plaza en sí es más bien una esquina con un chaflán ancho como el de la FNAC de Plaça Catalunya. La verdad es que me decepcionó un poco, me la imaginaba más grande y más espectacular.

Claro que, parte de esa indiferencia tal vez tuvo que ver con el hecho de que estaba cansada del viaje, de caminar, me dolía la espalda, tenía frío, hacía más de 9 horas que no comía nada y, además, mi vejiga estaba en un nivel crítico de hinchazón. Así que, en aquellos momentos, la verdad es que me daba igual que Picadilly Circus no fuera lo que me esperaba. De hecho, no saqué ni la cámara para hacer fotos del lugar, más que nada porque para coger el punto de vista bonito teníamos que cruzar la calle y, además, la otra acera estaba en obras, y como tampoco teníamos muchas ganas de hacer el guiri-palurdo, lo dejamos estar.



La única foto que tengo de Picadilly Circus


Así que recorrimos un par o tres de manzanas hasta llegar a Chinatown. Para los chinos, este año se celebra el año nuevo chino, y todo Gerrard Street estaba decorado con los clásicos farolillos rojos, guirnaldas, luces, bolas y otros típicos adornos chinos.

Eran las 10 y media de la noche, cada vez hacía más frío y mi vejiga estaba en alerta máxima. Así que, tras recorrer la calle arriba y abajo durante 15 largos minutos decidimos que iríamos a un restaurante chino (nos costó mucho encontrarlo) y que, de los 4 tipos diferentes de cocina que se hacían (cocina china, cocina china, cocina china y cocina china) comeríamos cocina china // modo sarcasmo: Off.

El restaurante estaba bastante lleno y, como éramos unas cuantas personas haciendo cola, el encargado de comedor (que, mira por dónde, era chino) tuvo la genial idea de sentarnos a todos en la misma mesa. Eso sí, antes tuvo el detalle de preguntarnos si nos importaba. Con los ojos fuera de las órbitas y espuma en la boca, todos le dijimos que no, menos una chica que hizo un gesto extraño, seguramente porque no imaginaba que tendría una cena íntima y romántica con su churri y 7 personas más. Pero desde aquí, y sabiendo que no me leerá nunca, le daré un consejo a esta buena chica:
Mira, guapa, si quieres tener una cena romántica con tu novio, no vayas a un restaurante donde tengan el escaparate lleno de patos desplumados colgados de los huevos. Y si vas, al menos no hagas cara de falso estornudo cuando te digan de compartir mesa con 7 desconocidos. ¡Esto es lo mejor que te puede pasar!
Bajamos al segundo piso y nos sentaron en una mesa redonda. En total éramos 8: mis amigas y yo, la parejita romántica y dos super-osea-amigas. El restaurante era más bien pequeñito y tenía una decoración cutrilla, tirando a rancia, pero comimos bien.

Pedimos un menú para 4 personas. Para empezar nos trajeron una sopita de cangrejo. Tenía una textura... entre viscosa y gelatinosa. Al principio no me hizo mucha gracia pero, de verdad, en aquellos momentos tenía tanta hambre que me hubiera comido el camarero y todo.

El resto de platos eran los típicos que se pueden encontrar en cualquier restaurante chino de por aquí: arroz tres delicias, rollitos de primavera, ternera con bambú, abuelo pollo con almendras, cerdo agridulce, pan chino, etc.

A media cena me vinieron unas ganas irrefrenables de clavar los palillos chinos en los globos oculares de una de las súper-osea-amigas. En las dos horas que estuvimos cenando, no se calló ni un solo momento. No entendía casi nada de lo que decía, sólo sé que hablaba rapidísimo, con una voz de pito que superaba el nivel de decibelios permitidos y que, de vez en cuando, soltaba una de esos risas tan estúpidamente falsas. Lo más divertido de todo es que podíamos cachondearnos de ella delante de sus narices sin que se diera cuenta, muahahaha! (risa maléfica)

Pero eso no es todo. ¿Recordáis la parejita romántica que les parecía que la mejor forma de celebrar su aniversario era yendo a comer un cerdo agridulce? Pues resulta que no iban sólos a cenar, sino que se llevaron el típico amigo plasta que se autoinvita y que tiene que terminar viendo como los otros dos se meten mano. Lo más extraño es que hasta media cena no me di cuenta de que este peculiar ser había estado allí desde el principio.

Cuando acabamos de cenar, decidimos ir a hacer los postres en otro local de la misma zona, donde nos habían dicho que hacían unos batidos bastante peculiares. Después de que el hombre nos hiciera cara de falso estornudo diciéndole que a la hora de las cenas le estaríamos ocupando una mesa durante media hora sólo para tomar una bebida, nos sentamos y pedimos un batido.

Se trata de un batido de fruta normal y corriente, pero yo diría que hay mucha más variedad que aquí: aparte de los clásicos, también había de piña, melón, manzana, pera, naranja, plátano, frambuesa, etc. Lo que no sé es si era fruta sola o también llevaban leche. El caso es que añaden perlas de tapioca, que quedan en la base del vaso. También te ponen una cañita, más ancha de lo normal, para que puedan pasar las perlas.

Yo me pedí uno de sandía. Tengo que reconocer que me hizo gracia cuando me dijeron lo de las bolitas de tapioca, pero una vez vi aquellas cosas marrones similares a una caca de cabra flotando por elvaso, no me hizo mucha gracia y las dejé. Además, ya estaba bastante harta de la cena y el batido de 354531 litros que me llevaron me acabó de rematar.

Cuando nos acabamos el batido con caquitas ya era casi la 1 de la madrugada y, como al día siguiente nos teníamos que levantar temprano para poder visitar más cosas, hicimos un pensamiento.

Pasaron 20 o 30 minutos hasta que llegamos al Bed & Breakfast. Nos pusimos el pijama y caímos redondas en la cama. Al día siguiente nos esperaba un día muuuuuy largo.