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viernes, 18 de noviembre de 2011

Francia 2011 - Sábado

Cuando el despertador sonó a las 8h de la mañana tan sólo hacía 4 horitas que nos acabábamos de acostar. 

El día anterior habíamos ido a una sesión de Phenomena. ¿Que qué? ¿Phenomena? ¿Y ezo qué é lo que é? Me preguntaréis. Y si no me lo preguntáis, da igual, me lo pregunto y me lo respondo yo misma. Yo me lo guiso, yo me lo como.

Pues Phenomena se trata de una iniciativa creada por un chico de Barcelona, en la que se vuelven a proyectar en pantalla grande (más concretamente en el cine Urgell) los clásicos de los 70, 80 y 90, como Regreso al Futuro, E.T., El Resplandor o Cazafantasmas. Sí, es muy friki, pero mola mucho!

Así que, ese viernes tocaba doble sesión con Jurassic Park y Terminator 2. Cabe decir que, aunque me dormí a mitad de la peli de Arnold Schwarzñeglskdñlfas, me gustó bastante poder verla en el cine y con las reacciones de todos los asistentes. 

Total, que entre que llegamos a casa y nos acostamos, serían las 3h de la madrugada. Dormimos muy poquito, pero a las 8h ya estábamos en pie. Nos despejamos, desayunamos tostadas con mantequilla y mermelada con tropezones, y jugamos al tetris con el equipaje y el coche. Sí. Porque en vez de irnos 5 días, parecía que nos fuésemos 5 semanas: Una maleta pequeña, una bolsa de deporte, tres bolsos grandes para trastos varios, comida, la tienda de campaña, los colchones, las mochilas de las cámaras... Nos costó pero al final lo pudimos meter todo, repartido entre el maletero y los asientos de atrás. 

Salimos a las 10h de casa. 4 horas de viaje por autopista, sin parar nada más que una vez en una área de servicio para ir a cambiar el agua al canario y, como no, degustar uno de esos maravillosos líquidos marronzuelos y ardientes como la lava volcánica a los que llaman café.

Unos pocos quilómetros antes de llegar a la frontera, empezó a aumentar la densidad del tráfico, así que estuvimos como una media hora sin avanzar casi nada. Por suerte pasamos sin problemas, así que los dos y el fiambre que llevábamos en el maletero respiramos tranquilos.  


Luego configuramos nuestro GPS para que nos llevara a nuestro destino. Había 4 voces distintas, pero escogimos la de la señorita María, puesto que era la más agradable que encontramos. Pero lo que no sabíamos es que María nos metería en algún que otro lío durante todo el viaje.

Una vez pasada la frontera, continuamos y pasamos por Perpignan, Narbonne y Montpellier. Pensaba que el trayecto se me iba a hacer muy largo y cansado pero se me hizo más ameno al tenerle a él al lado :), y por la banda sonora que nos acompañó durante esas 4 horas. Durante el primer tramo escuchamos a Queen y luego a Europe. Sí. Porque no hay nada como disfrutar de Bohemian Rhapsody o The Final Countdown con el volumen a toda hostia y cantando como si no hubiera mañana. De hecho, hay un vídeo que lo corrobora, pero no pienso colgarlo. Que no, no insistáis. 

Nuestro primer destino fue Nîmes. Es una ciudad que está a unos 50 Km al sur oeste de Avignon, y es famosa por sus restos romanos bastante bien conservados.

Llegamos allí sobre las 2 y pico de la tarde. Encontramos aparcamiento en el centro y fuimos en busca de algun sitio para comer. De camino nos cruzamos con el Anfiteatro de Nîmes. Muy grande, muy bonito, blablabla. ¿Dónde leches hay un puñetero restaurante? Fuimos calle arriba, calle abajo, encontramos un par de restaurantes y algún bar de platos combinados, pero no nos convencía ninguno... Queríamos aprovechar la tarde, ya que teníamos que visitar bastantes cosas, así que para no perder tiempo decidimos comer a lo guarro: un frankfurt y una Coca Cola en una plaza. 

Cuando terminamos, hicimos un par de fotos a la iglesia de Sainte Perpétue, ya que estaba allí al lado.


Iglesia de Sainte Perpétue


Dimos media vuelta y, ésta vez sí, con el estómago ya lleno, nos dirigimos hacia el anfiteatro, o Arènes de Nîmes. De hecho cuando fuimos estaba en remodelación, pero por lo visto allí se celebran corridas de toros, así como conciertos, etc.

La verdad es que siempre me han gustado los restos romanos, y aunque sólo había visto el anfiteatro de Tarragona, éste lo encontré bastante bien conservado.


Arènes de Nîmes


Rodeamos el anfiteatro y seguimos subiendo por boulevard Victor Hugo, una de las calles principales de la ciudad. Sí. Un sábado. A las 4 de la tarde. A 30º. Horrible, lo sé. Pero estaba disfrutando mis primeras vacaciones con ÉL, visitando Nîmes y viendo pedruscos de estos romanos. ¡Que le den al calor sofocante y al pestuzo sobaquil!

Unas manzanas más arriba, nos encontramos con la Maison Carreé, un templo romano construido por el señor Augusto, y convertido actualmente en museo de las artes antiguas.

Después de despotricar como nunca porque los franceses no nos dejaban hacer fotos del templo sin que salieran ellos chupando cámara, finalmente conseguimos hacer un par o tres de aceptables.


Maison Carreé


Seguimos subiendo algunas manzanas más hasta encontrarnos con un río con un paseo muy mono con árboles grandes y espesos a ambos lados. Oh, sí. ¡Qué descanso! Después de tanto rato andando bajo el sol y sudando como cerdos, encontrar eso fue como encontrar un oasis en medio del desierto. 




Caminamos por el paseo unos 10 minutos hasta dar con los Jardins de la Fontaine, unos jardines muy bonitos llenos también de construcciones romanas, como por ejemplo la Tour Magne. Esta torre mide unos 32 metros de altura y es visible desde cualquier parte de Nîmes




¿Veis ese pedrusco a la parte superior derecha que sobresale de entre los árboles? Sí, allí, arriba del todo. Lo primero que dije fue:
No pienso subir allí
Lo que me contestaron:
¡Y tanto que sí!
Yo contraataqué con un: 
Que no.
Y me remataron con:
Que sí.
Al final tuve que subir los 13548463 metros para llegar hasta la cima. Que vale, que sí, que después de haber alcanzado mi mayor reto que era subir el Turó de l'Home, eso no era nada. Pero estaba muerta de calor, de cansancio, de sed, y me dolían las piernas y la espalda. 

Al final llegamos, yo con media lengua fuera y los pulmones desparramados por ahí, pero lo conseguí. Recuerdo que me estuve un buen rato peleando con la cámara. Yo le quería hacer una foto a él, pero como estábamos rodeados de árboles y la torre que se veía a lo lejos estaba en pleno sol, la foto no quedaba bien del todo. 

Aquí la tenéis enterita:

Tour Magne



Eran las 6 y empezaba a hacerse tarde, así que decidimos volver para coger el coche e irnos hasta nuestro segundo destino: Avignon.

Bueno, de hecho no era Avignon capital, sino las afueras. Antes de irnos habíamos visto en Google Maps que por aquella zona había cantidad de campings, así que configuramos nuestro GPS, de ahora en adelante, María, para que nos avisara de los campings próximos.
Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
Esta era la manera en la que nos avisaría cuando estuviésemos cerca de un camping. El mugido de una vaca. Nos empezamos a reír a carcajadas pensando en que cuando llegáramos a la zona, eso empezaría a sonar como un corral, con tanta vaca. 


Pero no.

Cada vez estábamos más cerca de Avignon y no sonaba nada. Atravesamos la ciudad y nada. Salimos de ella, seguimos hacia el norte, y nada. Como veíamos que eso no mugía y que nos estábamos alejando demasiado de la ciudad, decidimos dar media vuelta. Al llegar de nuevo a la ciudad, paramos en una calle a comprobar a María. Entonces buscamos manualmente los campings más cercanos. Y entonces sí, encontró algo. A 300 km. COMO QUÉ???? Sí, 300 km.

Lo buscamos de todas las maneras posibles, pero los únicos campings que encontraba estaban a tomar por culo muy lejos.  Yo me estaba empezando a desesperar. Esa zona estaba plagada por lo que vimos en Google Maps, así que decidimos coger el coche de nuevo y volver a intentarlo. Volvimos a ir hacia el sur, salimos de la ciudad y nada. Media vuelta. Hacia el norte, esta vez no cogimos la autopista, sino la carretera. Tampoco nada. Media vuelta y hacia la ciudad, otra vez.

Eran cerca de las 8 de la tarde, estaba anocheciendo y yo estaba subiéndome por las paredes.
Tranquila, si no encontramos ningún camping, siempre nos podemos quedar a dormir en el coche, muahahaha!!!
Se partía. A mi no me hacía puñetera gracia.

Paramos a las afueras de Avignon, donde había un centro comercial con un Carrefour y un McDonald's. Decidimos llamar a unos amigos, y pedirles que nos buscaran un par de campings cerca de la zona y sus direcciones.

Eran casi las 9, y entonces fue cuando nos llamaron. Habían encontrado dos campings, y uno estaba muy cerca de allí, a menos de dos quilómetros. Introdujimos la dirección en María y nos condujo hacia la entrada de la ciudad, por donde habíamos llegado y fue entonces cuando vimos un cartel con el símbolo de camping que señalaba hacia el norte. Y ninguno de los dos lo habíamos visto antes. Genial, María. ¡Buen trabajo! #ModoIrónicoOFF


Rodeamos la muralla de la ciudad hacia el norte, cruzamos un puente que atraviesa el Roine y llegamos a la isla de Barthelasse. Allí nos encontramos con el camping Bagatelle. Por suerte había parcelas disponibles, así que nos asignaron una y nos dieron un mapa para poder encontrarla. Estaba cerca de la entrada y también de los baños, indispensable cuando vas de camping.


#ModoParanoiaON


Porque no hay peor sensación que la de estar meándose en medio de la noche y tener que salir de la tienda con tu pijamita de ositos, con los calcetines por encima de los pantalones, con el rollo de papel de water en una mano y con la linterna en la otra (en caso de no tener linterna, se puede usar el móvil). 


Si tienes los baños lejos, tienes que patearte todo el recorrido, a oscuras, tú solo. De día aún, pero de noche tienes la orientación atrofiada, al menos yo. Empiezas a andar por los caminitos que conforman la distribución del camping. Llegas a un cruce. ¿Era para la derecha o para la izquierda? Está tan oscuro que no ves una mierda, y esas farolas parpadeantes situadas cada 9837 metros no es que sirvan de mucha ayuda. Sigues andando, con el inquietante e irritante sonido de los grillos de fondo. Ric. Ric. Ric. Parece que se estén cachondeando de ti. 


Los únicos pasos que se oyen en todo el camping son los tuyos. Crack, crack, crack. MIERDA!! Una piedrecita se te ha colado por dentro de la chancla, no sabes como. Continúas andando. De repente, el sonido de algo parecido a un helicóptero pasa zumbando al lado de tu oreja. Te estás acojonando por momentos así que empiezas a andar más rápido. Los grillos siguen descojonándose de ti. Ric. Ric Ric. Te giras para comprobar que nade te sigue y cuando vuelves la cabeza, algo de unos 5 cm se choca con tu cara. Sientes su aleteo nervioso, e intentas apartarlo con la mano. Un escalofrío te recorre todo el cuerpo. Echas a correr. De pronto, ves unas luces a lo lejos y decides dirigirte hacia ellas.


A medida que te vas acercando, compruebas que esas luces provienen de los baños. Sonríes aliviado y te paras. Resoplando sigues andando hacia la puerta de los baños de señoras, pero justo en ese momento notas una presencia. Como acto reflejo, miras por el rabillo del ojo y, efectivamente distingues dos sombras en la oscuridad. Gritas a la vez que pegas un salto hacia atrás como una nena, entonces los espectros levantan la vista y con voz alegre y risueña te dicen: 
Bonne nuit!!!! 
Y continúan jugando al UNO.


La madre que los parió. ¿Qué clase de gente rara se dedica a jugar al UNO a las 2 de la madrugada? Frikis, seguro.


#ModoParanoiaOFF


Pero por suerte, si te toca una parcela cerca de los baños, todo esto no pasa.


Serían las 9 y pico, era de noche y tuvimos que montar la Quechua a oscuras, con ayuda de una lámpara de LEDs a la cual se le estaba acabando la batería, así que teníamos que darnos prisa. Aún así, por no haber montado nunca una tienda de estas, creo que se nos dio bastante bien o, al menos, bastante mejor que a algunos zoquetes de ciertos vídeos de YouTube.


En una hora la teníamos montada, con las piquetas puestas, y el chiringuito con la mesa y las sillas preparado. Ya sólo nos quedaba ir a hinchar los colchones, y como iban con electricidad, tuvimos que cargarlos hasta los baños, enchufarlos, hincharlos, y luego cargarlos de vuelta a la tienda. Un follón.


Luego nos fuimos a duchar. Después de todo el día andando bajo el sol, estábamos cansados y hechos unos zorros, así que esa duchita nos sentó de maravilla. Y a la polilla que colgaba del techo medio muerta también pareció gustarle.


Luego preparamos la cena: abrimos una lata de tomate entero, una de aceitunas, atún, anchoas, un chorrito de aceite por encima y, voilá! Un moje! También abrimos un paquete de embutido, y lo acompañamos todo con un par de cervezas.


Sería cerca de la 1 de la madrugada cuando decidimos irnos a dormir. Mañana nos teníamos que levantar pronto, ya que nos esperaba otro día de ajetreo: visitar Avignon por la mañana, y luego coger el coche otra vez para continuar nuestra ruta.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Francia 2011 - Preparativos

Todo empezó a finales de agosto con una simple frase:
Puedo pillarme unos días de vacaciones. ¿Hacemos algo?
Yo empezaba el curso el día 19, así que tenía que ser durante las dos primeras semanas de septiembre. Finalmente elegimos el fin de semana del 10 hasta el día 14. 

No sabíamos si pasarnos los 5 días haciendo el perro, o ir a hacer excursiones. Pero al final a alguien se le iluminó la bombilla y se le ocurrió la genial idea de coger el coche e ir en plan campero por Francia. A mi al principio no me hacía mucha gracia, pues no me atraía la idea de pasarme 72342 horas encerrada dentro de un coche. Pero luego pensé: 
¿Qué coño? A saber cuando volveremos a tener una oportunidad como ésta, y para hacer excursiones de un día ya tenemos los fines de semana.
Así que dicho y hecho. Empezamos a mirar posibles destinos, y entre ellos teníamos:


1. Valle del Loira
2. Ginebra
3. Provenza / Costa Azul


Me gustaba mucho la idea del Valle del Loira, ya que dicen que es una zona muy bonita llena de castillos. Pero nos tiraba para atrás la distancia, pues nos quedaba a más de 10 horas en coche, y teniendo sólo 5 días, sería ir un poco justos de tiempo, al igual que Ginebra.

Así que finalmente nos decidimos por hacer un tour por el sur de Francia, lo que es la zona de la Provenza y la Costa Azul.

Visitamos algunos foros de viajeros para echar un vistazo sobre cuáles eran las ciudades y los lugares que no nos debíamos perder.

Empezamos a hacer la lista de las cosas que nos teníamos que llevar, y nos dimos cuenta de que, para irnos en menos de una semana, no teníamos ni tienda de campaña. Así que al día siguiente hicimos una escapadita al templo sagrado de todo deportista, al Decathlon. 

Sí. Allí dónde puedes encontrar desde al mochilero profesional al que le gusta pegarse esas caminatas de la hostia, abrirse las piernas con hortigas y la cabeza con pedruscos, hasta al típico que se ha cebado como un cerdo durante todo el verano y ahora quiere bajar peso apuntándose al gimnasio del pueblo, pasando por el campero masoquista que parece que le dé morbo que le piquen cuantos más bichos mejor. 

Nosotros supongo que entraríamos en la segunda categoría. Sí, la de los camperos masoquistas-bichiles. Tenemos fobia a los insectos, no nos gusta hacer vida social con ningún tipo de bichejo, corremos como nenas cuando vemos aparecer una avispa, insultamos a los mosquitos que nos zumban en el oído, nos damos de hostias a nosotros mismos cuando una polilla restriega sus alas en nuestra cara... Pero aún así, nos emocionaba la idea de irnos unos días de camping. 

Porque no hay nada mejor que perder 2 horas al día montando y desmontando la tienda de campaña.

No hay nada como levantarse a las 8 de la mañana con ese frío de la hostia que te pone los pezones como para rayar cristales.


Que todo el camping te vea ir hacia los baños en pijama de ositos (con la camiseta por dentro del pantalón y los calcetines por encima) con tu neceser entre las manos y tu cara de zombie hambriento. 

Tener que dar los buenos días a todos los demás camperos aunque no los hayas visto en tu puñetera vida.

Ducharte y cambiarte en esos baños públicos mientras una araña posada en su telaraña te mira desde la esquina cual voyeur mientras se zampa un bicho montañil no identificado que acababa de pasar por allí. 

Encender el camping gaz y esperar 78236 horas a que se haga el café en tu magnífica cafetera Oroley mientras los mosquitos te pican y se ríen en tu cara.



¿No digáis que no dan ganas de irse ya mismo?

Total, que una vez allí, compramos la tienda de campaña. Pero no una cualquiera, no. Éste pedazo de tienda: 




No sabíamos si comprar una de 3 plazas o una de 4, pero dado que los colchones que nos íbamos a llevar ocupaban bastante, nos recomendaron que nos quedáramos con esta de 4. Es bastante grande, con un pequeño porche en la entrada en el que quedarse si llueve y con mosquiteras para que los bichos no den por saco. Y sí, esta tienda está bien para 4 personas siempre y cuando seáis hobbits y os guste dormir con el aliento de vuestro compañero en la nuca. Pero en nuestro caso, como sólo éramos dos, dormimos la mar de bien ahí dentro, sin agobio ni sensación de claustrofobia.


También compramos un pack de utensilios de cocina en el que venían dos cazos (que me cargué el primer día, sin querer -_-), dos platos de aluminio (que se rayaron nada más mirarlos) y dos tazas de plástico (que casi no utilizamos porque bebíamos directamente de la lata, a lo guarro).


Y con esto ya lo teníamos todo. Era lunes, y sólo quedaban 5 días para empezar estas mini-vacaciones improvisadas.


Tic, tac, tic, tac! Combustion is coming!!

jueves, 15 de septiembre de 2011

I'm back (again)!

29 de abril. Sí, lo sé, hace casi 5 meses que no actualizo el blog. Torturadme, si queréis. Enviadme una horda de zombies o de polillas. O mejor aún, enviadme a Bear Grylls con un gusano en la mano gritando: "¡Sabe a pus, sabe a pus!". Es lo que me merezco por haber dejado esto abandonado durante tanto tiempo.

Sé que es duro ir al baño y no tener ninguna entrada nueva de La Loca de Singapur para leer. Pero mira, siempre quedaran otras cosas para distraerse: ver caras en las baldosas del suelo, leer las etiquetas de los champús o de los prospectos de los medicamentos que guardáis en los cajones. Esto último es efectivo, ya que leer los efectos secundarios acojona bastante.

Bueno, total, a lo que iba, que me empiezo a ir por las ramas y al final acabaré publicando 5 entradas el mismo día hablando de mis idas de olla, que me conozco.

Si no he escrito durante estos meses ha sido porque empecé con algo que me ha tenido bastante entretenida, y con la cabeza en otro sitio. Es más, ni siquiera estaba inspirada para pegarme una sesión de fotos como las que hacía antes.

De hecho, este próximo lunes día 19 empiezo el Ciclo Formativo de Gráfica Publicitaria que tantas ganas tengo de hacer, del cual ya hablé aquí, así que estaré más ocupada aún. De todas formas intentaré encontrar huequecillos para ir actualizando el blog, ahora que he vuelto a empezar. No quiero que tengáis que conformaros con leer los prospectos de los medicamentos, y mucho menos que me enviéis al flipao de Bear Grylls

Como he dicho anteriormente, este verano ha sido entretenido y bastante movidito. De hecho, hacía tiempo que no pasaba un verano tan genial como este, sobretodo por las mini-vacaciones improvisadas de las que acabo de volver. Así que, aprovechando que aún lo tengo fresco, en la próxima entrada escribiré la reseña de este viajecito, documentándola con algunas de las fotos que hice.

Sí, será como una de esas situaciones en las que el típico amigo o compañero de trabajo plasta te engancha y te explica detalladamente todo el viaje, restregándote por la cara los sitios por los que ha pasado, los lugares en los que ha estado, los pedazo hoteles en los que se ha alojado, los almuerzos/cenas que se ha pegado y las borracheras que ha pillado, haciéndote tragar, como no, las 486312 fotos que ha hecho. Y mientras, tú, aguantando todo el chaparrón con tu mejor sonrisa Profident.

Pues aquí es exactamente igual, yo soy la colega plasta y vosotros sois esos seres indefensos a los que voy a hacer perder media hora de vuestras vidas escuchándome hablar de mis maravillosas vacaciones. La diferencia es que, en este caso, podéis huir de la tortura antes de que sea demasiado tarde, es lo que tiene el mundo 2.0.

Así que, ya sabéis, quedaos o huid. Aún estáis a tiempo.

Y bienvenidos de nuevo :-)

miércoles, 16 de febrero de 2011

London, here I go again!

Pues sí.

No hacía ni un año que había ido por primera vez a Londres y ya volvía a ir. De hecho AQUÍ tenéis la entrada que publiqué explicando la crónica del viaje. Por cierto, me acabo de dar cuenta que sólo escribí acerca del primer día, o sea que todavía me falta todo lo demás... Pero a estas alturas, ¿qué más da? xD

Total, la idea de volver fue porque una amiga mía está viviendo allí y nos invitó a mí ya otra amiga a pasar unos días.

Salimos del Aeropuerto de El Prat el viernes 21 de enero y volvimos el domingo 23. Nos tocó salir de la Terminal 2, la más antigua. Se ve que en esta terminal sólo se han quedado las compañías chungas de bajo coste. Y la verdad es que se notaba una barbaridad: estaba vacía, casi no había nadie por los pasillos y las tiendas estaban todas cerradas. Nos tocó recorrer toda la terminal de una punta a la otra nosotras dos solas. Estaba desértica. Parecía una peli de terror. No me hubiera extrañado que en cualquier momento hubiera aparecido un zombie por allí en medio.

Llegamos a la sala de espera una hora antes que se abrieran las puertas para embarcar. Supongo que para hacer más entretenida la espera había un par o tres de personas haciendo encuestas. A mí me tocó un hombre que me preguntó sobre el estado del aeropuerto, y una de las primeras preguntas que me hizo fue:
¿Qué le han parecido las tiendas?
Esta es una aproximación de la cara que se me quedó después de oír esa estúpida pregunta:


Al contrario que la primera vez, esta vez nos tocó volar con EasyJet, en vez de Ryanair. Todavía no habíamos ni despegado que mi amiga ya estaba con el cuello inhumanamente dislocado y durmiendo como un tronco. Justo en medio vuelo hubo turbulencias. Está bien un poco de emoción, ¡pero tampoco hay que pasarse! Me pasé los dos minutos que duraron los temblores agarrada a los reposabrazos de los asientos como si no hubiera mañana.

Por suerte, el piloto tuvo la amabilidad de decirnos que acabábamos de atravesar una zona de turbulencias, pero que just relax. Ah, vale, ¡gracias! ¡Si no llega a ser por tu aviso, ni me habría dado cuenta! Pero la próxima vez avisa antes, porque estuve a punto de sufrir una combustión espontánea allí en medio y liarla bien parda.

Aterrizamos a las 15h en el Aeropuerto de Gatwick. Recuerdo que después de caminar kilómetros y kilómetros a través de los pasillos del aeropuerto, teníamos la esperanza de que llegaríamos directamente a Londres sin tener que coger el Gatwick Express. Pero no. Tuvimos que coger una lanzadera hasta la terminal norte, y después el tren hasta el centro.

Llegamos a Victoria sobre las 16h, donde nuestra amiga nos esperaba, y luego cogimos el metro hasta su barrio, Hornsey, al norte de la ciudad y a unos 20 minutos del centro. Dimos una vuelta por el barrio y luego volvimos al centro, a ver Picadilly Circus y Trafalgar Square.



Típica foto guiri, en Picadilly Circus.


Para cenar fuimos a China Town. Nos gustó tanto la última vez que fuimos, que decidimos volver. La comida que te sirven no tiene nada que ver con los restaurantes chinos rollo "La Muralla Feliz" que corren por aquí. Nada de pollo con almendras, cerdo agridulce, ternera con bambú y pan de gambas rancio.




Delante del restaurante donde cenamos, con los típicos patos colgados de los huevos, que luego nos comimos. Entrañable.


Después de cenar, estábamos tan cansadas que en vez de salir a tomar una copa, nos fuimos a dormir, como las abuelitas. Además, al día siguiente nos teníamos que levantar temprano porque otra amiga se había ofrecido a llevarnos en coche a las afueras de Londres. Ella vive en Richmond y nos teníamos que encontrar allí. Richmond está en la otra punta de la ciudad, y teníamos una hora de trayecto en metro.



A la mañana siguiente a las 7 ya estábamos en pie. Mi amiga tuvo el gusto de conocer uno de los otros inquilinos de la casa, una pequeña cucaracha que pulullaba por el lavabo de 1m² que teníamos al lado de la habitación. Cuando fui yo, toda ilusionada para conocerla, ya no estaba. Senté el culo en la taza intentando no imaginarme por dónde estaría pululando en ese momento.

Bajamos a la cocina a hacernos el desayuno (un bocadillo de Bimbo con jamón dulce y queso y un capuccino de sobre), y a las 9h salimos de casa camino del metro. A las 10h estábamos frente a la estación de tren de Richmond esperando a que la amiga nos viniera a recoger en coche. Justo en ese momento comenzó a llover. ¡Perfecto!

Decidimos ir hasta Windsor. En tres cuartos de hora llegamos, aparcamos el coche en uno de los muchos parkings que había (no muy baratos, por cierto) y salimos a recorrer todo el perímetro del castillo. En aquel intervalo de tiempo apareció el sol y se nubló para volver a llover unas dos o tres veces. Sí, el tiempo de Londres está como una p*** cabra.

Antes, sin embargo, entramos a una cafetería a tomar un café de verdad, ya que todas llevábamos una cara de zombies que no nos la aguantábamos. Después fuimos hacia el centro comercial. Me recordó mucho a La Roca Village. Lleno de tiendas de marca y bastante osea, todo dispuesto de manera como si fuera un pequeño pueblo. ¡Muy chulo!




Castillo de Windsor.


Hacia las 14h fuimos a comer y luego cogimos el coche para volver. La amiga nos volvió a dejar en Richmond y desde allí cogimos el metro hasta el centro, esta vez para ver Oxford Street. Es como una calle Pelayo, pero a lo bestia. Recorrimos la calle de arriba a abajo hasta la hora de cenar, donde volvimos a China Town. Esta vez nos pedimos un bol de fideos con tropezones cada una, que no nos pudimos terminar porque aquello no era un bol, era una ensaladera. Al acabar, tampoco teníamos ganas de salir de fiesta, así que a las 12 de la noche corrimos a coger el último metro para volver a casa.

El domingo también nos levantamos temprano. El último día tocaba visitar Camden Town. Cogimos el bus (una vez que cogemos uno en Londres y resultó ser un bus normal y corriente, nada de los típicos buses ingleses rojos de dos pisos).

Además, por si no hubiera sido suficiente viajar durante media hora a través de calles llenas de baches, el autobusero conducía como el culo. Que estuve a punto de ponerme yo al volante y todo. El único coche que he conducido ha sido con el GTA, pero no hubiera sido nada comparado con los frenazos que metía ese animal!


* Se toma un trankimazin *

Llegamos a las 10 de la mañana y estuvimos un par de horas paseando por el mercado, pero yo me habría pasado allí todo el día. Recorrimos la calle principal y después nos desviamos hacia Camden Stables, la parte más grande del mercado que fue construida sobre los antiguos establos.




A la orilla del río, en Camden Town.




Devorada por un feroz león, en Camden Town.

Después de terminar de ver los establos y de que mi amiga sucumbiera a la tentación y se comprara unas botas a una de las muchas zapaterías de la calle principal, nos dirigimos a la parada del bus para volver a casa a recoger las maletas y salir hacia el aeropuerto.

Nuestro vuelo salía a las 17h, pero queríamos ir con calma y llegar bastante temprano al aeropuerto para tener tiempo de comer antes de tomar el avión. Fuimos al mismo pub-restaurante de la última vez, The Flying Horse, si no recuerdo mal. Yo elegí uno de los platos típicos ingleses: salchichas con salsa acompañadas de puré de patata y guisantes. No hace falta decir que la mitad de aquellas bolitas verdes y asquerosas las dejé, ¡evidentemente! ¡Tsss!

Nuestro avión salió con algo de retraso, pero a las 20h ya habíamos aterrizado en Girona. El vuelo de regreso se me hizo realmente corto, más que nada porque esta vez sí que me dormí, a pesar de las constantes interrupciones de la tripulación ofreciendo regalos, boletos de lotería, cigarros electrónicos y demás gilipolleces similares que no interesan a nadie, por no hablar del ruido perturbador de los motores y del resto de pasajeros comiendo como cerdos. Pero aún así fue un vuelo agradable.

A ver cuál será nuestro próximo destino. ¿Sugerencias? =)

miércoles, 10 de marzo de 2010

London - Día 1

La noche anterior casi no dormí. A mí me parecía que no, pero en el fondo estaba hecha un manojo de nervios! Me fui a la cama a las 2 de la madrugada pero a las 7 del día siguiente ya estaba en pie, así que aproveché para terminar de arreglarme la maleta y prepararme la documentación necesaria. Cogí el DNI, pasaporte y un sobre con 170 libras en billetes pequeños (y sin marcar), y lo puse todo dentro de la riñonera.

A las 11 salimos de casa, subimos al coche y rumbo hacia el aeropuerto de Girona. En menos de una hora llegamos pero como no teníamos que facturar maletas, aprovechamos para comer algo ya que, probablemente no tendríamos tiempo de volver a comer hasta la noche.

Mis amigas se comieron una hamburguesa con patatas fritas y ketchup, pero yo, a no ser que se traten de las hamburguesas hechas por mi madre (caseras, delgadas, jugosas, rellenas de queso fundido y con sabor a hamburguesa (¡y que conste que no le estoy haciendo la pelota!)), no como. Así que me pedí un frankfurt.

En cuanto terminamos, subimos al piso de arriba para pasar por el control. Nos tuvimos que quitar la chaqueta, las botas, los collares, las pulseras, los relojes, el cinturón, los ovarios hinchados y ponerlo todo en una bandeja. Pasamos por el escáner y, después de vigilar de no resbalar, caer al suelo y abrirnos la cabeza por culpa de un charco (supuestamente de agua) que había justo a la salida del escáner, nos volvimos a poner las botas, cogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la puerta de embarque.

Nosotras fuimos de las últimas en embarcar y, por ello, una vez en el avión nos encontramos con que no había suficiente espacio dentro de los compartimentos para nuestras maletas. Lo hubiera habido si existiera gente amable en el mundo, pero como la mayoría guardaba sus inmensos anoraks de mierda de 5 kilos, tuvimos que estar las 2 horas de viaje con la maleta bajo los pies que, no es que molestara... es que molestaba mucho.

Pero por si fuera poco, además de estar con las piernas encogidas y acabar con la espalda como un cigüeñal de barco, las azafatas auxiliares de vuelo no paraban de dar por saco continuamente. Pasaron como unas 123565 veces con el carrito, ofreciendo bocadillos, bebidas, artículos de regalo, galletas de la suerte, revistas, boletos de lotería, tarjetas telefónicas, tarjetas rasca-y-gana y, atención, la última novedad en productos inútiles que no te comprarías en tu vida pero, como viajes en avión, molan: ¡cigarrillos sin humo! Para todos aquellos yonquis que no pueden estar ni 2 horas sin chutarse nicotina, se han inventado una especie de cigarrillos eléctricos (¡a 6 € el paquete!) que no se encienden, pero que proporcionan la dosis de nicotina necesaria para que el/la yonqui en cuestión no explote a medio vuelo y la líe parda.

A las tres, hora inglesa, aterrizamos en el aeropuerto de Gatwick. Recorrimos toda la terminal hasta llegar a la estación, desde donde cogeríamos el Gatwick Express, un tren-lanzadera que va del aeropuerto a Victoria Station y viceversa en media hora. Una vez allí, compramos dos Travelcards de un día, una para el viernes y otra para el sábado. Bueno, al menos esa era nuestra idea... Lo que no esperábamos era que al día siguiente nos encontraríamos con una sorpresita.

Nuestro Bed & Breakfast se encontraba en el barrio de Shepherd's Bush, al oeste de Londres (limita a la derecha con Nothing Hill), de modo que tuvimos que coger la línea azul - Victoria hasta Oxford Circus, hacer trasbordo con la línea roja - Central y, después de 7 paradas, bajar en Shepherd's Bush.

Me habían dicho que me abrigase mucho, que haría mucha rasca. Pero la verdad es que durante el camino de la estación al B& Bno me lo pareció. Ya eran las 4 y media de la tarde y, aunque el sol empezaba a esconderse, se aguantaba bastante bien. Pero lo que no me imaginaba es que no pensaría lo mismo al cabo de un par de horas, muahaha!

Después de caminar 2 o 3 islas por Uxbridge Road giramos a mano derecha por Aldine Street. Nuestro B&B se llamaba Jim's Guest House (¡viva la originalidad!), y estaba formado por dos casitas, situadas en la misma calle, pero separadas por unos 20 o 30 metros. En la primera es donde estaba el comedor y en la otra, las habitaciones. Nos tocó la nº 7, en la planta baja. Era bastante pequeña, pero muy acogedora. Tenía 3 camas, baño, armario, teléfono, televisión y cafetera, y una única ventana con unas maravillosas vistas al extractor de la calefacción.

A punto de nuevo para salir, nos dirigimos hacia la estación. Y lo primero que vimos cuando salimos de la boca del metro (y no es una manera de hablar) fue el Big Ben. Oh, qué bonito, qué grande, ponte que te hago una foto, blablabla.


El Big Ben

Entonces cruzamos el río por el puente de Westminster y, desde el otro lado, nos hicimos las típicas fotos con el Big Ben y el Palacio de Westminster en el fondo. Ah, por cierto, el London Eye es chulo pero no deja de ser una noria. En mi pueblo también hay una, cuando viene la feria, tsss!


El Palacio de Westminster

Después volvimos a cruzar el río por la otra acera y fuimos a ver Westminster Abbey. Es una iglesia gótica muy bonita e impresionante, pero de noche y detrás de una reja, no se apreciaba tanto.

Eran las 8 de la tarde, estaba ya muy oscuro y cada vez hacía más rasca. A pesar de llevar guantes, tenía las manos heladas y, de la nariz no paraba de salirme una sustancia viscosa, popularmente conocida como moquillo. Además, los labios se me empezaban a cortar y a quedarse en carne viva por culpa del viento.

Y después de esta bella imagen que se os habrá quedado de mí, sigo.

Volvimos a coger el metro, esta vez hasta Knightsbridge. Nuestra siguiente parada era Harrods. Aunque teníamos muy poco tiempo para visitar la ciudad queríamos hacer una visita rápida a estos famosos almacenes, por eso sólo paseamos por la planta baja ya que, junto con la fachada exterior de noche, es lo que más llama la atención.

La primera sala que nos encontramos estaba decorada con estilo egipcio antiguo, con una estatua de la esfinge, y en la que hay montones de complementos de marcas como Gucci, Luis Vuitton y otras pijada varias. A partir de la siguiente sala ya entrábamos en la zona de alimentación, donde se encuentra la carnicería y la pescadería, la charcutería (unos quesos, unos patés... ¡oh!), la sala de tés y cafés y, mi preferida, la pastelería: Las estanterías y los expositores estaban llenos de chocolates, bombones, galletas, dulces, mermeladas, pasteles, fruta confitada y otras cosas que ahora mismo no puedo describir porque entraría en coma de azúcar.


Fruta glaseada


Reproducciones de fruta hechas de mazapán


Para que os hagáis una idea, en este vídeo hay una reproducción bastante aproximada de mi reacción.

O sea que, si algún día desaparezco, ya sabéis dónde me tenéis que ir a buscar : D

Después de secarnos la espuma que nos salía de la boca y volver a ponernos los ojos dentro de las órbitas, seguimos el recorrido hasta la sala de los perfumes y productos de cosmética y, finalmente, la joyería. Aquello fue... ¿como lo diría finamente y sin ofender a nadie? Ver una estúpida pija recalcitrante acompañada de sus dos super-osea-amigas que no debían tener más años que yo, probándose un montón de colgantes para acabar comprando lo más ostentoso y cargado, sólo para llevarlo una vez en la vida, y pagándolo con la Visa de papá, es un hecho que me da ganas de vomitar.

De hecho, Harrods ya es un centro comercial con un nivel de pijura por metro cuadrado bastante preocupante pero, aún así, debo reconocer que me gustó hacerle una visita. Está todo bien decorado e iluminado, y los productos están colocados de una manera que llaman la atención cuando pasas por delante. También he de decir que no era todo tan caro como me imaginaba.



Botellas de agua H2Osea


Salimos de OseaVille, volvimos a coger el metro y bajamos en Hyde Park Corner, una parada después. Nuestra intención era ir a cenar al Hard Rock Café, visita obligada siempre que vamos de viaje. Pero, cuando llegamos había cola y, además, nos dijeron que aún teníamos para dos horas. Así que dimos media vuelta y volvimos a coger el metro, esta vez para ir a Picadilly Circus.

De hecho, lo único que llama la atención de esta plaza es la fachada con los rótulos luminosos al estilo de Times Square de Nueva York o Shibuya de Tokyo, ya que la plaza en sí es más bien una esquina con un chaflán ancho como el de la FNAC de Plaça Catalunya. La verdad es que me decepcionó un poco, me la imaginaba más grande y más espectacular.

Claro que, parte de esa indiferencia tal vez tuvo que ver con el hecho de que estaba cansada del viaje, de caminar, me dolía la espalda, tenía frío, hacía más de 9 horas que no comía nada y, además, mi vejiga estaba en un nivel crítico de hinchazón. Así que, en aquellos momentos, la verdad es que me daba igual que Picadilly Circus no fuera lo que me esperaba. De hecho, no saqué ni la cámara para hacer fotos del lugar, más que nada porque para coger el punto de vista bonito teníamos que cruzar la calle y, además, la otra acera estaba en obras, y como tampoco teníamos muchas ganas de hacer el guiri-palurdo, lo dejamos estar.



La única foto que tengo de Picadilly Circus


Así que recorrimos un par o tres de manzanas hasta llegar a Chinatown. Para los chinos, este año se celebra el año nuevo chino, y todo Gerrard Street estaba decorado con los clásicos farolillos rojos, guirnaldas, luces, bolas y otros típicos adornos chinos.

Eran las 10 y media de la noche, cada vez hacía más frío y mi vejiga estaba en alerta máxima. Así que, tras recorrer la calle arriba y abajo durante 15 largos minutos decidimos que iríamos a un restaurante chino (nos costó mucho encontrarlo) y que, de los 4 tipos diferentes de cocina que se hacían (cocina china, cocina china, cocina china y cocina china) comeríamos cocina china // modo sarcasmo: Off.

El restaurante estaba bastante lleno y, como éramos unas cuantas personas haciendo cola, el encargado de comedor (que, mira por dónde, era chino) tuvo la genial idea de sentarnos a todos en la misma mesa. Eso sí, antes tuvo el detalle de preguntarnos si nos importaba. Con los ojos fuera de las órbitas y espuma en la boca, todos le dijimos que no, menos una chica que hizo un gesto extraño, seguramente porque no imaginaba que tendría una cena íntima y romántica con su churri y 7 personas más. Pero desde aquí, y sabiendo que no me leerá nunca, le daré un consejo a esta buena chica:
Mira, guapa, si quieres tener una cena romántica con tu novio, no vayas a un restaurante donde tengan el escaparate lleno de patos desplumados colgados de los huevos. Y si vas, al menos no hagas cara de falso estornudo cuando te digan de compartir mesa con 7 desconocidos. ¡Esto es lo mejor que te puede pasar!
Bajamos al segundo piso y nos sentaron en una mesa redonda. En total éramos 8: mis amigas y yo, la parejita romántica y dos super-osea-amigas. El restaurante era más bien pequeñito y tenía una decoración cutrilla, tirando a rancia, pero comimos bien.

Pedimos un menú para 4 personas. Para empezar nos trajeron una sopita de cangrejo. Tenía una textura... entre viscosa y gelatinosa. Al principio no me hizo mucha gracia pero, de verdad, en aquellos momentos tenía tanta hambre que me hubiera comido el camarero y todo.

El resto de platos eran los típicos que se pueden encontrar en cualquier restaurante chino de por aquí: arroz tres delicias, rollitos de primavera, ternera con bambú, abuelo pollo con almendras, cerdo agridulce, pan chino, etc.

A media cena me vinieron unas ganas irrefrenables de clavar los palillos chinos en los globos oculares de una de las súper-osea-amigas. En las dos horas que estuvimos cenando, no se calló ni un solo momento. No entendía casi nada de lo que decía, sólo sé que hablaba rapidísimo, con una voz de pito que superaba el nivel de decibelios permitidos y que, de vez en cuando, soltaba una de esos risas tan estúpidamente falsas. Lo más divertido de todo es que podíamos cachondearnos de ella delante de sus narices sin que se diera cuenta, muahahaha! (risa maléfica)

Pero eso no es todo. ¿Recordáis la parejita romántica que les parecía que la mejor forma de celebrar su aniversario era yendo a comer un cerdo agridulce? Pues resulta que no iban sólos a cenar, sino que se llevaron el típico amigo plasta que se autoinvita y que tiene que terminar viendo como los otros dos se meten mano. Lo más extraño es que hasta media cena no me di cuenta de que este peculiar ser había estado allí desde el principio.

Cuando acabamos de cenar, decidimos ir a hacer los postres en otro local de la misma zona, donde nos habían dicho que hacían unos batidos bastante peculiares. Después de que el hombre nos hiciera cara de falso estornudo diciéndole que a la hora de las cenas le estaríamos ocupando una mesa durante media hora sólo para tomar una bebida, nos sentamos y pedimos un batido.

Se trata de un batido de fruta normal y corriente, pero yo diría que hay mucha más variedad que aquí: aparte de los clásicos, también había de piña, melón, manzana, pera, naranja, plátano, frambuesa, etc. Lo que no sé es si era fruta sola o también llevaban leche. El caso es que añaden perlas de tapioca, que quedan en la base del vaso. También te ponen una cañita, más ancha de lo normal, para que puedan pasar las perlas.

Yo me pedí uno de sandía. Tengo que reconocer que me hizo gracia cuando me dijeron lo de las bolitas de tapioca, pero una vez vi aquellas cosas marrones similares a una caca de cabra flotando por elvaso, no me hizo mucha gracia y las dejé. Además, ya estaba bastante harta de la cena y el batido de 354531 litros que me llevaron me acabó de rematar.

Cuando nos acabamos el batido con caquitas ya era casi la 1 de la madrugada y, como al día siguiente nos teníamos que levantar temprano para poder visitar más cosas, hicimos un pensamiento.

Pasaron 20 o 30 minutos hasta que llegamos al Bed & Breakfast. Nos pusimos el pijama y caímos redondas en la cama. Al día siguiente nos esperaba un día muuuuuy largo.